Julio César (William Shakespeare) Libros Clásicos

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OCTAVIO. - ¡Vamos, vamos al asunto! ¡Si deliberando vertemos sudor, la prueba lo convertirá en gotas enrojecidas! ¡Mirad! ¡Desenvaino la espada contra los conspiradores! ¿Cuándo pensáis que volverá a la vaina? ¡Nunca, mientras las veintitrés heridas de César no queden bien vengadas, o hasta que otro César se sume a la carnicería del acero de los traidores!
BRUTO. - ¡César, tú no morirás a manos de traidores, a no ser que los traigas
contigo! OCTAVIO. - ¡Así lo espero! ¡No nací para morir por la espada de Bruto! BRUTO. - ¡Oh joven! ¡Si fueras el más noble de tu no podrías alcanzar una muerte
más gloriosa! . CASIO - ¡Escolar impertinente, indigno de tal honor, ligado a un farsante y juerguista! ANTONIO. - ¡Silencio, viejo Casio!
OCTAVIO. - ¡Venid, Antonio! ¡Fuera! ¡Traidores, os arrojamos el reto a la cara! ¡Si os atrevéis a pelear hoy, salid al campo! ¡Sí no, cuando tengáis riñones ! (Salen OCTAVIO, ANTONIO y su ejército.)
CASIO. - ¡Pues bien! ¡Soplen ahora los vientos! ¡Hínchense las olas y flote la nave! ¡La borrasca está encima y todo a merced del azar!
BRUTO. - ¡Eh! ¡Lucilio, una palabra!
LUCILIO. - ¡Señor! (BRUTO y CASIO conversan aparte.)
CASIO. - ¡Mesala!
MESALA. -¿Qué queréis, mi general?
CASIO. - Mesala, hoy es mi natalicio, pues en tal día como éste nació Casio. Dame tu diestra, MESALA. ¡Sé testigo de que, como Pompeyo, soy compelido contra mi voluntad a aventurar en una batalla todas nuestras libertades! Sabéis que tuve en gran aprecio a Epicuro y su doctrina. ¡Ahora cambio de pensamiento, y me inclino a creer en los presagios! Viniendo de Sardis, sobre la enseña de nuestra vanguardia se cernieron dos águilas magníficas y allí se posaron, aumentándose y cebándose de manos de nuestros soldados, las cuales nos sirvieron de escolta hasta aquí a Filipos. ¡Esta mañana volaron y desaparecieron! Y, en su lugar, cuervos, buitres y milanos revolotean sobre nuestras cabezas, mirando abajo como si fuéramos presa agonizante. ¡Sus sombras semejan al más funesto dosel, bajo el cual se cobijan nuestro ejércitos, prontos a entregar su alma!
MESALA. - ¡No creáis en eso!
CASIO. - No lo creo sino en parte, porque soy sereno de espíritu y estoy resuelto a afrontar todos los peligros con entera decisión.
BRUTO. - ¡Eso es, Lucilio!
CASIO. - ¡Ahora, noble Bruto, los dioses nos sean hoy propicios, para que, amándonos en paz, puedan conducir nuestros días hasta la vejez! Pero como sea la in certidumbre patrimonio de las cosas humanas, pensemos sobre lo peor que pudiera ocurrimos.

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