Mucho ruido y pocas nueces (William Shakespeare) Libros Clásicos

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-¡Nunca perderéis el juicio, sobrina!
BEATRIZ.-No, mientras no haga calor en enero.
MENSAJERO.-Don Pedro se acerca.
Entran DON PEDRO, DON JUAN, CLAUDIO, BENEDICTO, BALTASAR y otros.
DON PEDRO.-Querido signior Leonato, salís al encuentro de vuestra incomodidad. La costumbre del mundo es evitar gastos, y vos vais en busca de ellos.
LEONATO.-Jamás entró en mi casa la incomodidad en figura de vuestra gracia,
pues cuando la incomodidad se marcha, el bienestar se queda; pero cuando vos
me abandonáis, la tristeza permanece y la ventura es la que nos da su adiós.

DON PEDRO.-Aceptáis vuestra carga demasiado gustosamente. Supongo que
será ésta vuestra hija.
LEONATO.-Muchas veces me lo dijo así su madre.
BENEDICTO.-¿Lo dudabais, señor, cuando se lo preguntasteis?

LEONATO.-No, señor Benedicto, pues erais un niño entonces.
DON PEDRO.-Volved por otra, Benedicto. De aquí conjeturamos lo que sois,
siendo ya un hombre. En verdad, la hija no desmiente al padre. Sed feliz, señora,
ya que os parecéis a un padre tan honrado.

BENEDICTO.-Si el signior Leonato es su padre, no quisiera ella por toda Mesina

llevar su cabeza sobre sus hombros, por mucho que se le asemeje.
BEATRIZ.-Me asombra que sigáis hablando todavía, signior Benedicto. Nadie
repara en vos.

BENEDICTO.-¡Cómo! Mi querida señora Desdén, ¿vivís aún?
BEATRIZ.-¿Es posible que muera el Desdén, cuando puede cebarse en tan

buen pasto como el signior Benedicto? La propia galantería se trocara en desdén
si estuvierais vos en su presencia.
BENEDICTO.-Fuera entonces la galantería una renegada. Pero lo cierto es que

todas las damas se prendan de mí, exceptuada solamente vos; y quisiera hallar en mi corazón que mi corazón no fuera tan duro; porque, a la verdad, no amo a ninguna.
BEATRIZ.-¡Qué incalculable dicha para las mujeres! De otra manera se verían importunadas por un pretendiente enojoso. Gracias a Dios y a mi temperamento
frío, soy en eso del mismo parecer que vos. Prefiero oír a mi perro ladrar a un

grajo que a un hombre jurar que me adora.
BENEDICTO.-Dios mantenga siempre a vuestra señoría en esa disposición de
ánimo. Así se verá libre uno u otro caballero de los infalibles arañazos en la cara.

BEATRIZ.-Si fuese una cara como la vuestra no podrían afearla los arañazos.
BENEDICTO.-Bien, sois una extraordinaria adiestraloros.
BEATRIZ.-Más vale un ave con mi lengua que un animal con la vuestra.

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