Mucho ruido y pocas nueces (William Shakespeare) Libros Clásicos

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(Sale.)
BENEDICTO.-¡Ay! ¡Pobre pollo herido! Ahora irá a rastras a tenderse sobre las cárices. Pero ¡que mi señora Beatriz me conozca y no me conozca! ¡El bufón del príncipe! ¡Ja! Puede que me dé ese título porque soy jovial. Sí; pero con ello se me infiere un agravio. Yo no tengo esa reputación. Es la perversa y áspera condición de Beatriz, que mide al mundo por su persona, y me crea tan mala fama. Bien; me vengaré como pueda. Vuelve a entrar DON PEDRO.
DON PEDRO.-Hola, signior. ¿Dónde está el conde? ¿Le habéis visto?
BENEDICTO.-Por mi fe, señor, que he representado el papel de la señora Fama. Le hallé aquí tan melancólico como una casa de guarda en un conejar. Le dije, y creo no haberle mentido, que vuestra gracia había conseguido la buena voluntad de esa damita, y le ofrecí acompañarle hasta un sauce para tejerle una guirnalda como amante desdeñado o para cortarle una vara como hombre digno de azotes.
DON PEDRO.-¡Digno de azotes! ¿Qué falta ha cometido?
BENEDICTO.-La torpe trasgresión de un niño de escuela que, en su alegría por haber encontrado un nido de pájaros, lo muestra a su compañero, quien se lo roba.
DON PEDRO.-¿Calificas de trasgresión una prueba de confianza? La trasgresión está en el robador.
BENEDICTO.-Sin embargo, no hubiera estado de más proveerse de la vara y también de la guirnalda: la guirnalda para que la gastase él y la vara para aplicárosla a vos, quien, a lo que parece, le ha robado su nido de pájaros.
DON PEDRO.-Sólo les enseñaré a cantar y después los devolveré a su dueño.
BENEDICTO.-Si su canto responde a vuestras palabras, por mi fe que habéis hablado honradamente.
DON PEDRO.-La señora Beatriz se queja de vos. Al caballero que bailaba con ella le ha dicho que la injuriáis en demasía.
BENEDICTO.-¡Oh! Ella es quien me trata de un modo que no lo sufriera un tarugo. Un alcornoque con sólo una hoja verde la hubiera contestado. Mi propia careta comenzó a animarse y a reñirla. Me ha dicho, sin sospechar con quién hablaba, que era el juglar del príncipe; que era más tedioso que un gran deshielo; acumulando burla tras burla sobre mí con tan increíble malicia que no parecía sino como hombre que sirviera de blanco a un ejército entero que tirara sobre él. Habla puñales, y cada palabra suya es un golpe.

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