Mucho ruido y pocas nueces (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Si alto, una lanza con la punta torcida. Si bajo, un ágata mal tallada. Si habla es entonces una veleta que gira a todos los vientos. Si calla, un tronco que nadie mueve. Así ve la parte mala de cada uno, y no concede nunca a la verdad y a la virtud lo que compete a la sencillez y al mérito.
ÚRSULA.-Indudablemente, indudablemente, semejante censura no es recomendable.
HERO.-No, no puede ser recomendable mostrarse tan singular e intransigente como Beatriz. Mas, ¿quién osaría decírselo? Si yo intentara hablarle, se burlaría de mí a tono. ¡Oh! Se reiría de mí hasta hacerme perder el seso; me aplastaría de muerte con su agudeza. Consúmase, pues, en suspiros Benedicto, como rescoldo que se extingue interiormente. Mejor es la muerte a morir bajo sarcasmos; lo que sería tan terrible como morir de cosquillas.
ÚRSULA.-Decídselo, no obstante; a ver qué contesta.
HERO.-No; antes iré a avisar a Benedicto y aconsejarle que combata contra su pasión. Y, por cierto, inventaré, si es necesario, cualquier honesta calumnia que moleste a mi prima. No se sabe hasta qué punto puede emponzoñar el amor una palabra adversa.
ÚRSULA.-¡Oh! No inflijáis semejante agravio a vuestra prima. No puede hallarse tan falta de buen criterio -poseyendo la vivacidad y agudeza de juicio que se le reconoce- para rechazar a un caballero tan extraordinario como el signior Benedicto.
HERO.-Es el hombre más singular de Italia, exceptuando siempre a mi amado Claudio.
ÚRSULA.-Os ruego no me riñáis, señora, si expongo mi parecer. El signior Benedicto, por su garbo, sus maneras, su cordura y su valor, es reputado el primero en toda Italia.
HERO.-En efecto, goza de una excelente reputación.
ÚRSULA.-Excelencia que había adquirido antes de tenerla. ¿Cuándo os casáis, señora?
HERO.-Pues cualquier día de éstos; mañana. Vamos adentro. Te enseñaré algunas galas y me aconsejarás cuál es la mejor para ataviarme mañana.
ÚRSULA.-Ha caído en la liga, os lo garantizo. La hemos cazado, señora.
HERO.-Si es así, se ama entonces por azar. Cupido da muerte a unos con flechas y a otros con redes. (Salen HERO y ÚRSULA.)
BEATRIZ.-(Avanzando.) ¡Cómo me zumban los oídos! ¿Será posible? ¿Se me censura de tal manera por mi orgullo y desdén? ¡Adiós, desprecio! ¡Orgullo virginal, adiós! Ninguna gloria hay que esperar de vosotros. Y tú, Benedicto, sigue amando. Yo te corresponderé, domando mi corazón salvaje al amor de tu mano.

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