Mucho ruido y pocas nueces (William Shakespeare) Libros Clásicos

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CONRADO.-Me asombro de ello.
BORACHIO.-Eso muestra que no estás iniciado. Ya sabes que la moda de una ropilla, de un sombrero o de una capa nada hacen al hombre.
CONRADO.-Sí, componen su traje.
BORACHIO.-Me refiero a la moda.
CONRADO.-En efecto, la moda es la moda.
BORACHIO.-¡Quita allá! Eso es tanto como decir que un necio es un necio. Pero, ¿no ves la moda, qué pícaro deforme es?
GUARDIA PRIMERO.-(Aparte.) Conozco a ese Deforme, un pícaro ladrón que merodea por ahí hace siete años, y va vestido de caballero. Recuerdo su nombre.
BORACHIO.-¿No has oído a alguien?
CONRADO.-No, era la veleta de esa casa.
BORACHIO.-¿No ves, te decía, qué pícaro deforme es esa moda? ¡Qué vertiginosamente trastorna a cuantos tienen la sangre caliente desde los catorce a los treinta y cinco años! A veces los disfraza a manera de soldados de Faraón en un lienzo ahumado; otras veces los viste como sacerdotes del dios Baal en las vidrieras de los antiguos templos; a menudo los atavía a semejanza del Hércules cercenado de las tapicerías apolilladas y mugrientas, donde su miembro aparece tan gordo como su maza.
CONRADO.-Veo todo eso, y veo también que la moda gasta más ropa que el hombre. Pero tú mismo, ¿no tienes la cabeza trastornada por la moda, pues te apartas del relato que ibas a contarme, para divagar con ella?
BORACHIO.-No, de ningún modo. Sabe, pues, que esta noche he cortejado a Margarita, la doncella de la señora Hero, llamándola Hero. Asomada a la ventana del aposento de su señorita, me ha dado mil veces las buenas noches... Pero te cuento con torpeza la historia... He debido comenzar diciéndote cómo el príncipe, Claudio y mi amo, apostados, colocados y advertidos por mi amo don Juan, presenciaron desde lejos en el jardín esta cita amorosa.
CONRADO.-¿Y creyeron que Margarita era Hero?
BORACHIO.-Dos de ellos lo creyeron; pero el diablo de mi amo sabía que era Margarita; y en parte por los juramentos con que los había ya embaucado, en parte por la oscuridad de la noche, que los ofuscó; pero sobre todo por mi villanía, que confirmó cierta calumnia inventada por don Juan, lo cierto es que Claudio salió de allí enfurecido; juró que se reuniría con ella, según estaba acordado, a la mañana siguiente, en el templo, y que allí, ante toda la concurrencia, la avergonzaría con lo que había visto la noche anterior y la enviaría de nuevo a su casa sin marido.

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