A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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ORLANDO.- Por cierto, señor, os estoy ayudando a estropear por la ociosidad una de las obras de Dios: un pobre e indigno hermano vuestro. OLIVERIO.- Por cierto, empleaos mejor, y callad algún tanto. ORLANDO.- ¿Cuidaré vuestros cerdos, y comeré bellotas con ellos? ¿Qué herencia de hijo pródigo he consumido para tener que venir a semejante mi­seria? OLIVERIO.- ¿Sabéis, señor mío, dónde estáis? ORLANDO.-¡Oh!Perfectamente. En vuestro huerto. OLIVERIO.-¿Y sabéis en presencia de quién? ORLANDO.- Sí; y mejor que lo sabe de mí aquel en cuya presencia estoy. Sé que sois mi hermano ma­yor, y del mismo modo la consideración de una sangre generosa debería hacerme conocer de vos. Os permite preferencia sobre mí la etiqueta que rige en las naciones, por cuanto nacisteis primero; pero la misma tradición no me despoja de mi sangre, aun cuando hubiera veinte hermanos entre vos y yo. Tengo en mí tanto de mi padre como vos, aunque confieso que el nacer antes que yo os acerca más a su respeto. OLIVERIO.- ¡Qué! ¡Muchacho!
ORLANDO.- Vamos, vamos, hermano mayor, en esto sois demasiado joven. OLIVERIO.-¿Y pondrás tus manos en mí, villano? ORLANDO.- No soy villano. Soy el hijo menor de sir Rowland de Bois. Él fue mi padre; y es tres veces villano quien dice que semejante padre engendró villanos. Si no fueras mi hermano, no apartaría esta mano de tu garganta hasta haber arrancado con la otra la lengua que tal dijo. Te has injuriado a ti mis-mo. ADAM.- (Avanzando.) Apaciguaos, mis gentiles se­ñores. En nombre de la memoria de vuestro padre, tened armonía. OLIVERIO.- Suéltame, te digo. ORLANDO.- No lo haré hasta que me plazca. Te­néis que oírme. Mi padre os encargó en su testa­mento darme buena educación. Me habéis educado como a un gañán, oscureciendo y ocultando de mí todas las cualidades propias de un caballero. El es­píritu de mi padre cobra fuerza en mí, y no sufriré eso más tiempo. Por consiguiente, permitidme los ejercicios que cumplen a un caballero, o dadme la escasa suma que me fue legada en su testamento. Yo trataré de probar con ella fortuna.
OLIVERIO.-¿Y qué irás a hacer? ¿Mendigar cuan­do la hayas gastado? Bien, señor mío, no me mo­lestaré por vos mucho tiempo más: tendréis alguna parte de lo que deseáis. Os ruego que me dejéis. ORLANDO.- No deseo molestaros más de lo que exige en conciencia mi propio bien. OLIVERIO.- Márchate con él, perro viejo.

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