A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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ROSALINDA. -Bien. Olvidaré las circunstancias de mi posición, para regocijarme en la tuya. CELIA. -Sabes que mi padre no ha tenido ni es probable que tenga otros hijos que yo; y ciertamen­te, a su muerte, serás su heredera; porque lo que él tomó de tu padre por fuerza, te lo devolveré por afecto. Te prometo por mi honor que lo haré, y sea yo convertida en un monstruo si quebranto mi ju­ramento. Así, pues, mi dulce Rosalinda, mi querida Rosalinda, alégrate. ROSALINDA. -Lo haré en adelante, prima, e idearé pasatiempos. Veamos ¿qué pensaríais de improvisar unos amores? CELIA. -Excelente, y te ruego lo hagas para diver­tirte; pero no ames con todas veras a hombre algu­no, ni te dejes llevar de ese juego tan allá que no puedas salir de él libre y con honra a costa de un honesto sonrojo. ROSALINDA. -Pues entonces, ¿cuál ha de ser nuestro pasatiempo? CELIA. -Sentémonos, y con nuestras burlas eche­mos de su rueda a la buena matrona Fortuna, para que en adelante sus dones sean igualmente reparti­dos. ROSALINDA. -Desearía que así pudiera ser; por­que sus favores están harto mal colocados; y la pró­diga ciega se equivoca más a menudo en sus dádivas a mujeres. CELIA. -Es verdad; porque rara vez da la honesti­dad a aquellas a quienes dota con la hermosura; y da muy pobre apariencia a aquellas a quienes hace ho­nestas. ROSALINDA. -No. En esto equivocas la tarea de la Fortuna con la de la naturaleza. La Fortuna impera en los dones del mundo, no en los rasgos de la na­turaleza. (Entra Piedra-de-toque.) CELIA. -¿No? ¿Pues no puede la Fortuna hacer que caiga en el fuego una criatura a quien ha hecho her­mosa la naturaleza? Y aunque ésta nos ha dado in­genio para burlarnos de la Fortuna: ¿no es ésta quien envía a este necio para dar al traste con el ar­gumento? ROSALINDA. -En verdad que es la Fortuna dema­siado dura para con la naturaleza, cuando se sirve de un natural idiota para imponer silencio al natural ingenio. CELIA. -Quizás tampoco sea esto obra de la Fortu­na, sino de la naturaleza; la cual advirtiendo que nuestro ingenio es demasiado obtuso para discurrir sobre semejante diosa, ha enviado a este idiota para estimularnos; ya que siempre la estupiez del necio es aguijón del discreto. ¡Hola! Prodigio ¿adónde bue­no? PIEDRA. -Señora: debéis venir a donde vuestro padre.
CELIA. -¿Os tomó de mensajero
PIEDRA. -No, por mi honor; pero se me encargó

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