A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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DUQUE. -¿Cómo te encuentras, Carlos

LE BEAU.- Ha quedado sin habla, señor. DUQUE. -Llevadlo fuera. (Llevan a Carlos.)-Cómo te llamas, mancebo? ORLANDO. -Orlando, señor, el hijo menor de sir Rowland de Bois. DUQUE. -Habría preferido que fueses hijo de otro. Las gentes tenían a tu padre por honorable; pero, sin embargo, encontré en él un enemigo. Más me habría agradado tu proeza si hubieses descendido de otro linaje. Pero Dios te guarde. Eres un mance-bo valiente. Me habría alegrado de que hubieses mencionado otro padre. (Salen el duque Federico, el sé­quito y Le Beau.)
CELIA. -A estar yo en lugar de mi padre, ¿haría esto, prima? ORLANDO. -A orgullo tengo ser hijo de sir Rowland, siquiera su hijo menor, y no cambiaría de condición así me adoptara el duque por heredero suyo. ROSALINDA. -Mi padre amaba con toda su alma a sir Rowland, y todo el mundo era del mismo modo de sentir. Si hubiese yo conocido antes a este joven, hijo suyo, le habría suplicado con lagrimas que no se aventurase de ese modo.
CELIA. -Vamos, querida prima, a darle las gracias y a animarlo. La índole áspera y envidiosa de mi pa­dre me lastima el corazón. Sois digno de aplauso, joven. Si tan bien cumplís vuestras promesas de amor, como la que ahora habéis excedido, vuestra amante deberá ser muy feliz. ROSALINDA. -(Dándole una cadena de su cuello.) Ca­ballero, llevad esto en recuerdo mío; que por con­traria fortuna no tengo en la mano los medios de ofrecer todo lo que quisiera. ¿Nos iremos, prima? CELIA. -Sí. Adiós, gentil caballero. ORLANDO. -¿No puedo daros las gracias? Me ha­béis abrumado en lo que hay de mejor en mí, y sólo quedo en vuestra presencia como un poste, como un mármol inerte. ROSALINDA. -Nos llama. Mi orgullo ha desapare­cido junto con mi prosperidad. Le preguntaré lo que desea. ¿Nos llamasteis, caballero? Habéis luchado bien, y vencido aún más que a vuestros adversarios. CELIA. -¿Nos vamos, prima? ROSALINDA.- Soy con vos. Quedad con Dios.
(Salen Rosalinda y Celia.)
ORLANDO.- ¿Qué pasión me ata la lengua? Ha querido que le hable y no he podido hablar.- (Vuelve a entrar Le Bea.)-¡Oh pobre Orlando! Estás derriba­do. No, Carlos, algo más débil te domina. LE BEAU.- Amistosamente os aconsejo, buen se­ñor, que abandonéis este lugar. Aunque habéis me­recido altos elogios, aplausos y afecto, la índole del duque es tal que da mal sentido a cuanto habéis he-cho.

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