A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Pero dejando a un lado estas chanzas, hablemos con seriedad. ¿Es posible que tan de súbito hayas sentido esta vehe­mente inclinación por el hijo menor de sir Rowland? ROSALINDA. -El duque, mi padre, amaba a éste de todo corazón. CELIA.-¿Y se sigue de ello que has de amar de todo corazón a su hijo? Por ese camino llegaremos a que yo debiera odiarle, porque mi padre odió cordial-mente al suyo; y sin embargo, no aborrezco a Or­lando. ROSALINDA. -¡Por Dios! No le odies, por amor a mí. CELIA.-¿Y por qué le odiaría? ¿No merece apre­cio? ROSALINDA. -Deja que por ello le ame; y ámalo tú porque yo lo hago. Mira: ahí viene el duque. (Entran el duque Federico y Lores.)
DUQUE.-Señorita, disponeos a toda prisa y alejaos de nuestra corte. ROSALINDA.- ¿Yo, tío? DUQUE. -Vos, sobrina. Si pasados estos diez días se te encuentra veinte millas de mi corte, mueres. ROSALINDA.- Ruego a vuestra Alteza que me ha-ga saber en qué he faltado. Si tengo conciencia de mí misma, o si conozco mis deseos; si no sueño o no estoy delirando (y confío en que no lo estoy) entonces, querido tío, jamás he ofendido a vuestra Alteza ni con la sombra de un pensamiento. DUQUE. -Así proceden todos los traidores. Si su purificación consistiera en palabras, serían todos tan inocentes como la gracia misma de Dios.-Basta el que sepas que no confío en ti. ROSALINDA.- Vuestra desconfianza no puede ha­cer que mi traición exista. Decidme en qué se funda la sospecha. DUQUE. -Eres hija de tu padre; basta con eso. ROSALINDA. -También lo era cuando vuestra Al­teza se apoderó de su ducado. También lo era cuan­do vuestra Alteza lo desterró. No se hereda la traición, señor. O si la tenemos por contagio de nuestros amigos ¿en qué me afectaría eso? Mi padre no fue traidor. No me equivoquéis, pues, mi buen señor, a tal punto que juzguéis traidora mi pobreza. CELIA. -Escuchadme, querido soberano. DUQUE. -Sólo por causa vuestra, Celia, la hemos tenido aquí. A no ser por eso, habría corrido la suerte de su padre. CELIA. -Yo no pedí entonces que se quedara, sino que así lo quisieron vuestro deseo y vuestro propio remordimiento. Era yo entonces demasiado niña para conocerla en todo su valor. Pero ahora la co­nozco. Si es culpable de traición, también lo soy yo misma. Hasta ahora hemos dormido juntas, y juntas nos hemos levantado, estudiado, jugado y sentado a la mesa.

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