A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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CELIA. -¿Qué nombre te he de dar cuando seas hombre? ROSALINDA. -No quiero tener un nombre que valga menos que el del mismo paje de Júpiter. Así, me llamarás Ganimedes. ¿Y qué nombre tomarás tú? CELIA. -Uno que de algún modo se refiera a mi si­tuación. Yo no me llamaré Celia, sino Aliena. ROSALINDA.-¿Y qué te parecería, prima, si ensa­yáramos robarnos a aquel necio de bufón de la corte de vuestro padre? ¿No nos serviría de solaz du­rante el viaje? CELIA. -Me seguiría de extremo a extremo del mundo. Deja de mí cuidado ganarlo. Vámonos. Juntemos nuestras joyas y nuestro caudal. y discurre tú el tiempo más oportuno y el camino más seguro para sustraernos a la persecución que se nos ha de hacer después de mi fuga. Ahora iremos, contentas, no al destierro, sino a la libertad.
ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA.
El bosque de Ardenas
(Duque; Amiens; y dos o tres nobles en traje campestre)
DUQUE. -Y bien, compañeros y hermanos de des­tierro, ¿no hace la costumbre que sea más dulce esta vida que la de las vanas pompas? ¿No están más exentas de peligro estas selvas que la envidiosa cor-te? Aquí no tenemos otro padecimiento que el de Adán; la diversidad de la estación; el rudo zumbido y el diente, helado del viento del invierno. Y cuando sopla sobre mi cuerpo y lo muerde y lo hace enco­gerse de frío, me digo sonriendo: "Esto no es adula­ción; estos son consejeros que con toda sinceridad me convencen de lo que soy." Dulces son los frutos de la adversidad que, semejante al feo y venenoso sapo, lleva en la cabeza una preciosa joya.-Y esta nuestra vida retirada del bullicio público, descubre idiomas en los árboles, libros en los arroyos, ser­mones en las piedras, y el bien en todas las cosas. AMIENS. -No querría cambiarla. ¡Dichoso sois, Alteza, que podéis tornar la obstinación de la fortu­na en un modo de ser tan dulce y apacible! DUQUE. -Venid. ¿Iremos a matar venados? Y sin embargo me contrista el que estos pobrecillos abiga­rrados, naturales moradores de esta soledad, sientan que en sus propios confines un venablo de doble filo les atraviese los costados. LORD 1º -Por cierto, mi señor, que el melancólico Santiago se aflige de ello; y en este sentido jura que sois más usurpador que el hermano que os ha deste­rrado. Milord Amiens y yo nos deslizarnos hoy ocultamente hasta donde yacía aquél, reclinado bajo un roble cuyas viejas raíces asoman sobre el arroyo que susurra a lo largo de este bosque.

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