A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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-Vino a desfa­llecer allí un pobre ciervo fugitivo herido por el ar-ma de algún cazador; y en verdad, señor, que el desventurado animal exhalaba tan hondos quejidos, que su piel se dilataba por el esfuerzo como si hu­biera ido a rasgarse, y gruesas lágrimas corrían de sus ojos una tras otra en lastimera sucesión. Así, la pobre alimaña permaneció en el` borde mismo del rápido arroyo que recibía sus lágrimas, mientras la observaba atentamente el melancólico Santiago. DUQUE. -Pero ¿qué dijo éste? ¿No moralizó sobre ese espectáculo? LORD 1º-¡Oh, sí, por mil símiles! En primer lugar porque vertía sus lágrimas en el arroyo que no ne­cesitaba de ellas, exclamó: "¡Pobre venado! Haces testamento como las gentes mundanas, dando lo más que tienes a quien ya tiene demasiado." En se­guida, por hallarse solo y abandonado por sus ami­gos de piel aterciopelada, dijo: "Es justo, esta desgracia ahuyenta la afluencia de compañeros." Al mismo tiempo un hato harto de pacer pasa saltando a su lado sin cuidarse de él. "Sí, seguid adelante, gordos y lustrosos ciudadanos. Es la moda. ¿A qué mirar a ese quebrado, pobre y arruinado?"-Así con gran vehemencia destrozó la estructura del país, corte y ciudad, y aun nuestro presente género de vi­da; jurando que no somos más que usurpadores, ti­ranos y todo lo que hay de peor, en espantar a estos animales y matarles en su propio y nativo albergue.
DUQUE.-¿Y estaba en tal meditación cuando le dejasteis? LORD 2º.-Sí, mi señor; llorando y comentando so­bre el quejumbroso ciervo. DUQUE. -Mostradme el sitio. Pláceme escucharle en estos arranquen repentinos, porque entonces está lleno de lucidez. LORD 2º. -Os conduciré directamente hacia él.
(Salen.)

ESCENA II
Cuarto en el palacio
(Entran el DUQUE FEDERICO, LORES y séquito)
DUQUE FEDERICO. -¿Cómo es posible que nin­gún hombre las haya visto? No puede ser. Sin duda hay en mi corte algunos villanos que han consentido y cooperado en ello. LORD 1º. -No puedo saber de persona alguna que la haya visto. Las señoras camareras suyas, las vie-ron acostarse en su lecho, y temprano en la mañana hallaron que faltaba de él el tesoro de su dueño.
LORD 2º. -Señor, también se echa de menos al bu­fón que tantas veces hizo reír a vuestra Alteza. Hes­peria, la dama de honor de la princesa, confiesa ha­ber oído secretamente a vuestra hija y a su prima elogiar en extremo las cualidades y atractivos del lu­chador que poco ha venció al robusto Carlos; y.

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