A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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To­madlos; y aquel que alimenta al cuervo y provee de sustento al gorrioncillo, será el báculo de mi vejez. He aquí el oro: os lo doy por entero. Permitidme ser vuestro criado. Aun cuando parezco anciano, soy vigoroso y activo; porque jamás en mi juventud vi­cié mi sangre con licores ardientes y perturbadores; ni con desvergonzada frente atraje sobre mí la exte­nuación y el agotamiento. Así mi edad es como un invierno helado pero saludable. Dejad que os acompañe y os prestaré en todas vuestras ocupacio­nes y necesidades los servicios de un hombre más joven. ORLANDO.- ¡Oh buen anciano! ¡Qué bien se muestra en ti el fiel servicio del mundo antiguo en el cual el servidor derramaba su sudor por el deber, no por la recompensa! No eres tú semejante a los de este tiempo en que ninguno trabaja sino por medrar, y una vez conseguido esto, entorpece el servicio aún con la ganancia. No es así contigo, pobre anciano, que cultivas un árbol carcomido que no puede pro­ducir ni siquiera una flor en cambio de todas tus fa­tigas y cuidados. Pero haz como quieres: iremos juntos, y antes de consumir los salarios de tu moce­dad, encontraremos algún modesto modo de vivir. ADAM.- Poneos en camino, señor; que yo os segui­ré hasta el último aliento, con sincera lealtad. Desde que tuve diecisiete años hasta ahora que cuento, cer­ca de ochenta, he vivido aquí; pero ya aquí no vivo más. Muchos prueban fortuna a los diecisiete; pero a los ochenta es demasiado tarde. Sin embargo, la fortuna no puede darme mejor premio que el morir bien, habiendo cumplido mi deber con el amo. (Sa-len.)

ESCENA IV
El bosque de Ardenas
(Entran ROSALINDA en traje de mancebo. CELIA ves­tida de pastora y PIEDRA-DE-TOQUE)
ROSALINDA.- ¡Oh Júpiter! ¡Qué fatigado está mi ánimo! PIEDRA.- Poco me importaría el ánimo, si no tu­viera cansadas las piernas. ROSALINDA.- Si me dejara llevar de mi corazón, deshonraría mi traje de hombre llorando como una mujer. Pero debo animar a la parte más débil; por­que justillo y bragas han de ostentar valor ante una falda. Animo, pues, buena Aliena. CELIA.- Te ruego que tengas paciencia conmigo. No puedo seguir adelante. PIEDRA.- Pues por lo que a mí atañe, mejor querría llevaros en paciencia que llevaros en brazos; aunque llevaros a cuestas no sería ninguna cruz; pues creo que andáis con la bolsa vacía.

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