A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Adiós, bondadoso señor. ORLANDO.- ¿ Cómo es eso, Adam? ¿Tú no tienes más corazón? Vive un poco, anímate un poco, alé­grate un poco. Si este áspero bosque produce algún animal salvaje, o yo le serviré de alimento, o traeré para alimentarte. Tu imaginación, no tus fuerzas, es lo que está expuesto a morir. Tranquilízate por amor a mí; y por unos momentos pon a raya la muerte. Estaré aquí contigo dentro de breve rato, y si no te traigo algún alimento, tendrás mi consentimiento para morir. Pero si mueres antes, me habrás hecho perder mi trabajo. ¿No lo dije? Tienes más alegre la cara. No tardaré en estar de vuelta. Pero yaces aquí a la intemperie. Te llevaré a algún punto abrigado, y si hay cosa que viva en este yermo, no morirás por falta de comida. ¡Animo, buen Adam! (Salen.)

ESCENA VII
La misma. Una mesa cubierta
(Entran el antiguo DUQUE,AMIENS, señores y otros)
DUQUE.- Parece que se ha transformado en bestia, pues no puedo encontrarle cosa alguna a semejanza del hombre. LORD 1º.-Señor, hace un momento que se fue de aquí donde había estado alegre oyendo una canción. DUQUE.- Si él, que es un conjunto de discordan­cias, se aficiona a la música, no tardaremos en ver discordancia en los cielos. Id a buscarle: decidle que deseo hablar con él. (Entra Jaques.) LORD 1º-Me ahorra la pena viniendo él mismo. DUQUE.- ¡Hola! ¿Cómo es esto, monsieur, y qué vida lleváis, que vuestros pobres amigos tienen que conquistar vuestra compañía? JAQUES.- ¡Un bufón! ¡un bufón! Encontré un bu­fón en el bosque; un bufón abigarrado. ¡Oh misera­ble mundo! Tan cierto como que vivo encontré a un bufón que se acostó a calentarse al sol, y renegó de la fortuna en buenas frases, en buenas vigorosas fra­ses. "Buenos días, zote -le dije.- No señor.- respon­dió - no me llaméis zote mientras el cielo no me haya enviado fortuna".- Sacó luego de su bolsillo un reloj de sol y mirándolo con ojos amortiguados dijo muy sensatamente: "Son la diez; por lo cual vemos, añadió, cómo va el mundo. No hace sino una hora que eran las nueve, y dentro de una hora serán las once. Así, de hora en hora maduramos y maduramos, y luego de hora en hora nos pudrimos y nos pudrimos, y de aquí sale un cuento." Cuando oí a aquel pintarrajeado bufón filosofar así sobre el tiempo, solté una carcajada más sonora que el canto del gallo a la madrugada, al pensar que un bufón fuese tan profundamente meditativo, y me reí sin tregua una hora entera contada en su reloj.

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