A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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¡Oh no­ble bufón! ¡Oh digno bufón! No hay más traje que el de arlequín. DUQUE.- ¿Qué bufón es ése? JAQUES.- ¡Oh insigne bufón! Ha sido cortesano, y dice que con tal de que las damas sean jóvenes y hermosas, tienen el don de conocerlo; y en su cere-bro, tan seco como galleta de viaje pasado, tiene ex­traños sitios atestados de observaciones a las cuales da salida en zurdas formas. ¡Oh, que daría por ser bufón! ¡Cuánto codicio un traje con cascabeles! DUQUE.- Tendrás uno. JAQUES.- Es todo mi deseo, con tal de que desa­rraiguéis de vuestros mejores juicios toda opinión que se haya robustecido en ellos en contra de mi cordura. He de tener completa libertad, una patente tan amplia como el viento, para soplar sobre quien yo quiera, pues así la tienen los bufones. Y aquellos a quienes más zahieren mis bufonadas, son los que más deberán reír. ¿Y por qué ha de ser así, señor? El por que es claro como camino de iglesia parro­quial. Aquel a quien el bufón hiera muy cuerda­mente, haría una gran necesidad, si a pesar de lo que le escueza no pareciera insensible al golpe. Si no, quedaría desmenuzada la necedad del cuerdo, aún por las chanzas perdidas del bufón. Revestidme con mi traje de arlequín; dadme permiso para decir lo que pienso, y limpiaré por completo el asqueroso cuerpo del infecto mundo, si es que se deja admi­nistrar con paciencia mi remedio. DUQUE- ¡Quita allá! Puedo decir lo que harías. JAQUES.- ¿Pues que haría contrariándolo sino un bien?
DUQUE.- Pecarías maligna y groseramente cuando criticaras el pecado; porque tú mismo has sido un libertino tan sensual como el instinto brutal mismo. Y derramarías sobre el mundo todas las úlceras acumuladas y los males crónicos atrapados por tu libertinaje. JAQUES.- ¡Pues qué! ¿Acusa a persona alguna en particular, quien clama contra el orgullo? ¿No fluye con tanta pompa como el mar, hasta que refluye contra los mismos medios que lo sustentan? ¿A qué mujer de la ciudad habré nombrado, si digo que la mujer de la ciudad lleva en sus hombros impúdicos el precio pagado por príncipes? ¿Cuál de ellas puede venir a decirme que he querido hablar de ella, cuan­do su vecina es ni más ni menos que ella misma? ¿O quién es aquél aún de la más baja condición que (pensando que aludo a él) dice, que su magnificencia no existe a expensas mías, sin que en ello ajuste su propia necedad al tenor de mi discurso? Ahora bien: ¿qué resulta? Dejadme ver en qué le habrá ofendido mi lengua.

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