A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Hasta que él, oprimido por dos causas de debilidad -los años y el hambre- sea satisfecho primero, yo no probaré bocado. DUQUE. - Id a traerlo, y nada será tocado hasta que volváis. ORLANDO. - Os lo agradezco, y sed bendecidos por vuestro auxilio. (Sale.) DUQUE. -Ya lo ves: no somos los únicos desgra­ciados. Este vasto teatro del mundo presenta esce­nas aún más dolorosas que ésta en que tomamos parte. JAQUES. -Todo el mundo es un escenario, y todos, hombres y mujeres, son meros actores. Todos tie­nen sus entradas y salidas, y cada hombre en su vida representa muchos papeles, siendo los actos siete edades. Al principio, infante que lloriquea en brazos de la nodriza. Luego lloroso rapaz, con su saquillo y su luciente cara matutina, arrastrándose de mala ga­na a la escuela, con paso de caracol. Después, ena­morado, suspirando como una fragua en una triste balada compuesta a las cejas de su dama. En segui­da, soldado, lleno de extrañas imprecaciones, bigo­tudo como el leopardo, celoso del honor, súbito y pronto en la pendencia, buscando la efímera repu­tación hasta en la boca del cañón. Más tarde, juez de redondo y prominente abdomen bien aforrado de capón de severa mirada y barba cortada en estilo serio, lleno de sesudos adagios y de modernas citas: y así desempeña su papel, En la sexta múdase en enjuto arlequín, calzado de chinelas, puestas en la nariz las antiparras y el saco al costado, y con las bien conservadas bragas de su mocedad flotando en anchos pliegues sobre sus encogidas piernas; y su sonora voz varonil vuelta al tiple de la infancia re­sopla y silba en su sonido. La última escena de to-das, que termina esta extraña y nutrida historia, es la segunda infancia, un mero olvido sin dientes, sin ojos, sin palabras, sin cosa alguna. (VueIve a entrar Orlando con Adam.)
DUQUE. -Bienvenidos.-Poned en un asiento vues­tra venerable carga, y que se alimente. ORLANDO. -Os doy mil gracias. por él. ADAM. -Así os era menester.-Apenas puedo hablar para hacerlo yo mismo. DUQUE.- Bienvenido. Principiad. Por ahora no os molestaré con preguntas acerca de vuestras aven­turas.- Dejadnos oír un poco de música, y, buen primo, cantad.
AMIENS.

CANTO
Sopla, sopla, viento helado, que no eres tú tan maligno cual la ingratitud del hombre ni muertes con tanto ahínco, pues no se te puede ver aunque tu soplo sentimos. Cantemos, ¡oh, sí, cantemos, de la enramada el asilo! Hay mucha amistad fingida y muchos amores frívolos, mas ¡oh! bajo la enramada la vida es un regocijo.

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