A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Hiela, hiela, crudo cielo, que no ofendes con tu frío como el pago que los hombres dan al bien con el olvido. Tú tornas el agua en hielo; mas tu soplo no es tan frío como el triste desengaño de ver que olvida un amigo, Cantemos, ¡oh, sí! etc.etc.
DUQUE.- Si sois hijo del buen sir Rowland, como me lo habéis fielmente dicho al oído, y como ven mis ojos por su imagen vivamente retratada y vi­viente en vuestro rostro, sed en verdad, bienvenido aquí. Soy el duque que amó a vuestro padre. Ven­dréis a mi cueva a decirme el fin de vuestras aventu­ras. Buen anciano, bienvenido eres también, como tu señor. Dadle el brazo, y a mí la mano; hacedme comprender toda vuestra situación. (Salen.)

ACTO III ESCENA PRIMERA
Cuarto en el palacio (Entran el DUQUE FEDERICO, OLIVERIO, nobles
y séquito)
DUQUE FEDERICO.- ¿No verle desde entonces? Señor mío, eso no puede ser. Si no fuera la piedad la principal parte de mí mismo, no buscaría un objeto ausente para saciar mi venganza, hallándote tú aquí. Pero ten cuidado: encuentra a tu hermano donde quiera que esté: búscalo con una linterna: tráelo vivo
o muerto, dentro del plazo de un año, o jamás vuel­vas a buscar tu vida en nuestro territorio. Tus tierras y cuanto hay secuestrable en lo que llamas tuyo, quedan secuestrados en nuestras manos, hasta que puedas justificarte por boca de tu hermano de las sospechas que abrigamos contra ti. OIVERIO. -¡Oh, si conociera vuestra Alteza mis sentimientos en esto! Jamás en mi vida he amado a mi hermano. DUQUE. -Pues eres tanto más vil por eso. ¡Echadle fuera! Y que vayan mis funcionarios a quienes tal incumbe, a embargarle casa y tierras. Hacedlo al punto, y despedidle en seguida. (Salen.)

ESCENA I

El Bosque
(Entra ORLANDO, con un papel)
ORLANDO.-Quedad aquí, versos míos, en testi­monio de mi amor. Y tú, reina de la noche coronada de triple diadema, observa con tu casta mirada des-de tu pálida y alta esfera el nombre de tu cazadora, que domina toda mi existencia. Estos árboles ¡oh Rosalinda! serán mis libros, y grabaré mis pensa­mientos en su corteza, para que tus virtudes sean contempladas por todas partes por cuantos seres hay en este bosque. Corre, corre, Orlando, y graba en cada árbol el nombre de la bella, la casta, la im­ponderable.

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