A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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-¡SiIencio, tonto! Los encontré en un árbol. PIEDRA.-A fe mía que da mal fruto, ROSALINDA. -Pues lo injertaré contigo, que será injertado con un níspero, y así será el fruto más temprano del país; porque os habréis podrido antes de estar medio maduro, que es la condición propia del níspero. PIEDRA. -Eso decís; pero si cuerdamente o no, que lo decida el bosque. (Entra Celia, leyendo un papel.) ROSALINDA. -Guardad silencio y haceos a un la-do que aquí viene mi hermana leyendo.
CELIA.-¿Y habrá silencio en el despierto bosque porque nadie lo habita? No: que a cada árbol prestaré una lengua que bellas cosas diga.
Una dirá cuán presto cruza el hombre la senda de la vida, de cuyo espacio el hueco de la mano encierra la medida Y otra los olvidados juramentos de dos almas amigas. En las más bellas ramas y al extremo de las mejores líneas, grabaré embelleciendo mis sentencias un nombre. Rosalinda Y cuantos lean notarán que el cielo quiso mostrar un día juntas en breve espacio, sus más bellas y nobles maravillas. A la naturaleza dio el encargo de un cuerpo en que se anidan todas las gracias juntas y aumentadas: por eso ella combina la hermosa faz, no el corazón, de Helena: la majestad altiva de Cleopatra, el alma de Atalántoa de Lucrecia la esquiva, modestia; y con mil prendas quiso el cielo juntar en Rosalinda de corazones, rostros y miradas
la suprema valía
Tan bellos dones quiso dar el ciel
a su obra favorit
para que siendo yo su esclavo siempr
rinda a sus pies mi vida

ROSALINDA. -¡Oh Dios de misericordia! ¡Y qué fastidiosa homilía de amor habéis hecho pesar sobre vuestros feligreses, sin daros la pena de decir siquie­ra: "¡Tened paciencia, buenas gentes!" CELIA.- ¿Qué es esto? ¡Atrás, amigos! Pastor, retí­rate un poco: y tú, vete con él, bellaco. PIEDRA.- Ven, pastor. Pongámonos en honrosa retirada, si no con carros y bagajes, al menos con zurrón y cayado. (Salen Corino yPiedra-de-toque.) CELIA.- ¿Oíste esos versos? ROSALINDA.- Sí: todos ellos y aún más; porque algunos tenían más pies que los que el verso admite. CELIA.- Eso no importa: los versos podrán así ca­minar por sus pies. ROSALINDA.- Bien; pero como eran pies quebra­dos, el verso no podía caminar con ellos, y por esto los pies hacían que los versos anduviesen cojeando.
CELIA.- ¿Pero no te ha admirado el oír que tu nombre estuviese suspendido y grabado en estos árboles? ROSALINDA.

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