A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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ORLANDO.-¿Y para quién se detiene? ROSALINDA.- Para los abogados vacaciones; por­que entre el punto que se cierra y el que se abre, lo pasan durmiendo y no perciben la marcha del tiem­po. ORLANDO.- ¿Dónde vivís, lindo mancebo? ROSALINDA.- Con esta zagala, hermana mía, en las faldas del bosque, como fleco de saya. ORLANDO.- ¿Es éste vuestro lugar nativo? ROSALINDA.- Soy en él como conejo que veis ha­bitar siempre el sitio donde nació. ORLANDO.- Vuestra habla parece más refinada que la que puede adquirirse en tan remota habita­ción.
ROSALINDA.- Muchas personas me lo han dicho. Un anciano y devoto tío mío, me enseñó a hablar. Había sido cortesano en su juventud y conocía de­masiado las cosas de la corte, como que allí se había enamorado. Muchas veces le disertar contra el amor y doy gracias a Dios de no ser mujer, por no verme manchado con las liviandades y defectos que echaba en cara a todo el sexo. ORLANDO.- ¿Podríais recordar algunos de los mayores males de que acusaba a las mujeres? ROSALINDA.- Ninguno era mayor, sino tan pare­cidos e iguales todos como los ochavos. Cada peca­do parecía monstruoso, hasta que venía a igualarlo el inmediato. ORLANDO.- Ruégote que repitas algunos. ROSALINDA.- No: no desperdiciaré mi remedio dándolo a quien no está enfermo. Por ahí anda un hombre que vagabundea en el bosque, maltrata nuestras plan tiernas grabando Rosalinda en sus cor­tezas; cuelga odas en los espinos y elegías en las zarzas, y todo con el propósito de divinizar el nom­bre de Rosalinda. Si tropezara yo con ese visionario, le daría un buen consejo, porque parece que le aqueja la fiebre cotidiana del amor.
ORLANDO.- Soy yo quien está tan enfermo de amor y os suplico me digáis vuestro remedio. ROSALINDA.- No veo en vos ni siquiera una de las señales que decía mi tío. Él me enseñó a conocer a los enamorados, y de seguro que no estáis aprisio­nado en su jaula de mimbres. ORLANDO.- ¿Qué señales eran ésas? ROSALINDA.- Mejillas enjutas, que no tenéis: ojos ojerudos y hundidos, que no tenéis; espíritu esquivo, que no tenéis; una barba descuidada, que no tenéis. ¡Ah! ¡Perdonad y el no tener barba es en vos he­rencia de hermano menor. Y luego, debíais andar con las medias sin ligas, el sombrero sin cinta, las mangas sin botones, el calzado sin abrochar, y cada cosa de vuestra persona mostrando el abandono de la desolación.

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