A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Pero no sois tal hombre. Antes bien parecéis esmerado en el vestir, como quien ama su propia persona mucho más que lo que pareciera amar a otra. ORLANDO.- Hermoso joven, quisiera poder con­vencerte de que amo. ROSALINDA.- ¡Convencerme! Más fácil sería con­vencer a la que amáis; lo cual, os aseguro, ella no confesaría por más que lo creyera; y éste es uno de los puntos en que las mujeres desmienten su con­ciencia. Pero, en toda seriedad ¿sois vos quien cuel­ga en los árboles los versos en que se alaba tanto a Rosalinda? ORLANDO.- Te juro, joven, por la casta mano de Rosalinda, que ese desgraciado soy yo, yo mismo. ROSALINDA.- ¿Pero estáis realmente tan enamo­rado como lo dicen vuestros versos? ORLANDO.- No hay rima ni discurso que lo pue­dan expresar tanto como es. ROSALINDA. - El amor no es más que una locura, y os aseguro que merece tanto una celda obscura y un látigo, como los otros alienados. Y si alguna cau­sa hay para que así no se les castigue y cure, es el ser la locura tan general que hasta los azotadores andan enamorados. No obstante, estoy seguro de curarla con mis consejos. ORLANDO.- ¿Habéis curado así a alguien? ROSALINDA.- Sí, a uno. Convinimos en que se imaginaría que yo era su amante, su Dulcinea, y le puse a hacerme la corte cada día; en cuya ocasión, yo, que era un chiquillo caprichoso, aparecía triste, afeminado, antojadizo, soberbio, fantástico, de mal humor, frívolo, inconstante, ya lleno de sonrisas, ya de lágrimas; dando algo para cada pasión, y verda­deramente todo para la carencia de pasión, como que muchachos y mujeres son a este respecto gana-do de la misma pinta; tan pronto gustaba de él como le aborrecía; ya buscaba su conversación, ya huía de su compañía; ora lloraba por él, ora le ultrajaba; de manera que lo hice pasar de su furiosa locura de enamorado, a una locura mansa, cual fue la de ale­jarse del torrente mundano para refugiarse en el arroyuelo monástico, Así lo curé; y así me compro­meto a curaros, dejando vuestro corazón más lim­pio que el de un borrego sano, sin que quede en él ni la más pequeña mancha de amor. ORLANDO.- No querría ser curado, mancebo. ROSALINDA.- Pues os curaré, si solamente con­sentís en llamarme Rosalinda, y en venir todos los días a mi ejido a hacerme la corte. ORLANDO.- Bien. A fe de mi amor, que lo haré.

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