A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Decidrne dónde es. ROSALINDA.- Venid conmigo y os le mostraré. Mientras caminamos, me diréis en qué parte del bosque vivís. ¿Queréis venir? ORLANDO.- Con todo mi corazón, joven amigo. ROSALINDA.- No. Tenéis que llamarme Rosalin­da. ¡Ea! ¡Hermana! ¿Quieres venir? (Salen.)

ESCENA III
(Entran PIEDRA-DE-TOQUE Y AUDREY. JAQUES los observa desde alguna distancia.)
PIEDRA.- Vamos, apúrate, buena Audrey, yo te tra­eré las cabras. ¿Y qué tal, Audrey? ¿Soy todavía el que te conviene? ¿Quedas contenta con esta simple fisonomía? AUDREY.- ¡Fisonomía! ¡Dios nos asista! ¿Qué es fisonomía? PIEDRA.- Contigo y tus cabras estoy aquí ni más ni menos que aquel caprichoso poeta, el honrado Ovi­dio, entre los godos. JAQUES.- (Aparte.) ¡Oh erudición mal colocada! ¡Peor que Júpiter bajo tejado! PIEDRA.- Cuando los versos de un hombre no pueden ser comprendidos, ni secundado su ingenio por el entendimiento, se le mata más pronto que si se le cobraran por el alquiler de un cuartito las cuen­tas del gran capitán. Verdaderamente me habría ale­grado de que los dioses te hubiesen hecho poética. AUDREY.- No sé qué quiere decir poética. ¿Es al-go de honrado en la acción y en la palabra? ¿Es co-sa de buena ley?
PIEDRA.- En cuanto a eso, no; porque la mejor poesía es la que finge mejor. Los enamorados son muy dados a poesías; y lo que en ellas juran, se pue­de decir que, como amantes, lo fingen. AUDREY.-¡Y a queréis que los dioses me hubiesen hecho poética! PIEDRA.- Por cierto que sí; porque me juraste que eres honrada; y si fueras poetisa, me quedaría alguna esperanza de que me engañabas. AUDREY.- ¡Qué! ¿No me querríais honrada? PIEDRA.- Es claro que no; a menos, que fueses muy fea; porque añadir la honradez a la belleza, es como endulzar el azúcar añadiéndole miel. JAQUES.- (Aparte.) ¡Un idiota consumado! AUDREY.- Bien. No soy hermosa, y por lo mismo ruego a los dioses que me conserven honrada. PIEDRA.- En verdad, prodigar la honradez en una fregona pestífera, sería poner un manjar sabroso en un plato sucio. AUDREY.- Aunque fea, no soy, a Dios gracias, una mujer de esa l clase. PIEDRA.- Bueno: demos gracias a Dios por tu fealdad. Lo demás vendrá con el tiempo. Pero sea de ello lo que fuero, me casaré contigo; y con tal fin me he visto con D. Oliverio Dañatextos, cura de la aldea vecina. Me ha prometido venir a este sitio del bosque y unimos.

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