A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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PIEDRA.-(Aparte.) Pues me inclino más a que me case éste que otro; porque no tiene trazas de casar­me en regla; y no siendo en regla el casamiento, ya tendré más tarde una buena excusa para dejar plan­tada a mi mujer. JAQUES.- Ven conmigo, y dejad que os aconseje. PIEDRA.- Ven, dulce Audrey. Hemos de casamos,
o viviremos en concubinato. No... ¡Oh digno Oliveriol ¡Oh bravo Oliverio! No me dejes atrás.
Pero. . . Velas y buen vient
Márchate al momento
No me cases jamás

(Salen Jaques, Piedra y Audrey.)
OLIVERIO. -No importa. Nunca me desviará de mi vocación ninguno de estos antojadizos bellacos. (Sale.)

ESCENA I

La misma. Delante de una casa de campo
(Entran ROSALINDA Y CELIA)
ROSALINDA.- No me digas palabra; romperé e
llanto
CELIA.- Hazlo, te ruego; pero ten la bondad d
considerar que no sientan bien las lágrimas a u
hombre
ROSALINDA.- ¿Pero no tengo motivo para llorar
CELIA.- Tanto como se puede desear. Así, pues
llora
ROSALINDA.- Hasta su cabello es de1 color de l
falsedad
CELIA.- Un poco más obscuro que el de Judas; y
fe que sus besos son nietos legítimos de los de éste
ROSALINDA.- Por cierto, tiene el cabello de bo
nito color
CELIA.- Excelente. No hay color como el castaño
ROSALINDA.-Y tiene un modo de besar tan casto
como el contacto del pan bendito
CELIA.- Ha comprado, un par de labios fundido
en el molde de los de Diana. Una monja de la her
mandad del invierno pondría en sus besos compun

ción más edificante. Hay en ellos una castidad de hielo. ROSALINDA.- Pero ¿por qué juró venir esta ma­ñana y no viene? CELIA- Lo cierto es que no hay verdad en él. ROSALINDA.- ¿Te parece? CELIA.- Sí: no le tengo por un ratero ni por un la­drón de caballos: pero en cuanto a su sinceridad en amor, la juzgo tan hueca como un cubilete o como una nuez carcomida. ROSALINDA.- ¿Falso en amor? CELIA.- Sincero, cuando está enamorado; pero creo que no lo está. ROSALINDA.- Le habéis oído jurar que sí lo está. CELIA.- "Estaba", es una cosa, y está" es otra. Fue­ra de esto, los juramentos en los enamorados no tienen más fuerza que las palabras de los taberneros: sólo sirven para confirmar cuentas mentirosas. Él se halla aquí en el bosque al servicio del duque vuestro padre.

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