A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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ROSALINDA.- Ayer encontré al duque y tuve larga conversación con él. Preguntóme de qué familia desciendo, y le dije que de una tan buena como él; lo cual hizo que se ríera y me dejara ir. Pero ¿a qué ha­blamos de padres, habiendo un hombre como Or­lando? CELIA.- ¡Oh, es un gallardo sujeto! Escribe gallar­dos versos, dice gallardas palabras, hace gallardos juramentos y gallardamente los quebranta, como de través, en el corazón de su amante; como el ajusta­dor novicio que espolea su caballo por un solo lado, y rompe su lanza como un gallardo majadero. Pero donde impera la juventud y guía el paso la locura todo es gallardo. ¿Quién viene ahí? (Entra Corino.) CORINO.- Señor, y amo mío, habéis indagado más de una vez acerca de aquel pastor que se quejaba de amores, a quien visteis sentado junto a mí en el cés­ped alabando a la altiva y desdeñosa zagala que fue su amante. CELIA.-Y bien: ¿qué es de él? CORINO- Si deseáis ver representar un verdadero espectáculo, entre el pálido aspecto del verdadero amor, y el encendido color del altivo desdén y del desprecio caminad un breve espacio y os conduciré. CELIA.- ¡Ea! vamos. La vista de unos enamorados alimenta a los otros. Déjanos contemplar esa vista, y podrás decir que también he desempeñado un acti­vo papel en su comedia. (Salen.)

ESCENA V
Otra parte del bosque
(Entran SILVIO y FEBE)
SILVIO.- No me desprecies, dulce Febe, no. Di que no me amas, pero no lo digas con encono. El ver­dugo, cuyo corazón está endurecido por el hábito de ver la muerte, no deja caer el hacha sobre la cer­viz inclinada sin pedir perdón primero. ¿Quieres ser más dura que aquel que por oficio pasa toda su vida entre la sangre? (Entran Rosalinda, Celia y Corino a cierta distancia.)
FEBE.- No querría ser tu verdugo, y huyo de ti por­que no deseo hacerte mal; pero se me antoja que es cosa muy probable el que los ojos -la parte más dé­bil y suave, la que se cierra hasta por temor a un grano de polvo- no puedan ser llamados tiranos, carniceros, asesinos. Pues bien: ahora te miro con el más entrañable enojo, y que mis ojos te maten en este momento si son capaces de herir. Finge que te desmayas, ¡ea! Déjate caer por tierra; o si no puedes, al menos por vergüenza no digas que mis ojos son asesinos.

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