A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Lo mejor de él es su temperamento; y antes que sus palabras acabasen de hacer una herida, sus ojos la habían y cicatrizado. No es de alta estatura aun­que sí lo bastante para su edad. La pierna es así, así, pero no está mal. Tienen sus labios un lindo color rosado; un encarnado algo más maduro y lozano que colora sus mejillas: la misma diferencia que en­tre una encendida rosa de Damasco y otra de color mezclado. Mujeres hay, Silvio, que a haberlo exami­nado minuciosamente, como lo hice, casi se habrían enamorado de él; pero en cuanto a mí, ni le amo ni le aborrezco. Y, sin embargo más motivo tendría para aborrecerle que para amarle; porque ¿quién le autoriza a dirigirme reproches? Dijo que mis ojos y mis cabellos son negros; y ahora recuerdo que me trató con desprecio. Me admira el no haberle repli­cado. Pero en fin de cuentas es lo mismo, ya que cuenta olvidada no es cuenta saldada. Le escribiré una carta que le escueza de veras y tú se la llevarás. ¿Apruebas, Silvio? SILVIO.- Con todo mi corazón, Febe.
FEBE.- Pues la escribiré en seguida. Lo que he de decirle está en mi cabeza y en mi corazón. Seré con él lacónica y severa. Ven conmigo, Silvio. (Salen.)
ACTO IV

ESCENA PRIMERA
La misma
(Entran ROSALINDA, CELIA Y JAQUES)
JAQUES- Ruégote, bello joven, que me hagas co­nocerte mejor. ROSALINDA.- Dicen que sois dado a la melanco­lía. JAQUES.- Así soy. Me gusta más que la risa. ROSALINDA.- Los que pecan por uno u otro de ambos excesos son gentes abominables y se expo­nen más a la moderna crítica que si cayeran en la embriaguez.
JAQUES.- Pues paréceme bien que quien está triste guarde silencio. ROSALINDA.- Pues entonces me parece bien ser un poste. JAQUES.- No tengo la melancolía del erudito, que es emulación; ni la del músico, que es fantástica; ni la del cortesano, que es altiva, ni la del soldado, que es ambiciosa; ni la del abogado, que es política; ni la de la dama, que es agraciada; ni la del enamorado, que es todo esto a la vez. La mía es una melancolía peculiar de mí mismo, un compuesto de muchos simples, extraído de muchos objetos; y en verdad, la contemplación de mis viajes, que a menudo absorbe mis meditaciones, es una tristeza en extremo capri­chosa.

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