A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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ORLANDO.-¿Y de dónde sacaría ese talento el ta-lento de disculpar eso? ROSALINDA.- Nada más fácil, iba allí en busca vuestra. Jamás podréis tomar a la mujer sin la répli­ca, a menos que la toméis sin su lengua. ¡Oh! La que no pueda echar siempre a su marido la culpa de cuanto malo ella hace, que no amamante jamás a su hijo, porque lo criará como un idiota.
ORLANDO.- Rosalinda, me separo de ti por dos horas. ROSALINDA.- ¡Ay, amor mío! No puedo pasar dos horas sin ti. ORLANDO.- He de asistir al duque en la mesa. A las dos estaré otra vez contigo. ROSALINDA.- Bien está, idos, idos. Ya me lo ha­bía yo presumido. Me lo habían dicho mis amigos y yo no pensaba menos que ellos. Me habéis alucina­do con vuestras zalamerías. Todo se reduce a que haya una mujer echada en olvido. Quisiera morir ahora. ¿Vuestra hora es las dos? ORLANDO.- Sí, amada Rosalinda. ROSALINDA.- Por mi palabra y de todas veras, así Dios me valga, y por todos los juramentos que no sean ruines ni peligrosos, si faltáis en una tilde a vuestra promesa, si venís un solo minuto después de la hora os tendré en concepto del más patético embustero y del amante más superficial y del más indigno de la que llamáis Rosalinda, aun escogiendo entre la vasta caterva de desleales. Por tanto, tened cuidado de mi reprimenda y cumplid vuestra pro-mesa. ORLANDO.- No menos religiosamente que si fue­seis Rosalinda en persona. Así, hasta luego.
ROSALINDA.- Bueno. El tiempo es el viejo juez que examina a tales delincuentes. Dejemos que el tiempo juzgue. Adiós. (Sale Orlando.) CELIA.- En tu charla amorosa, no has hecho más que maltratar nuestro sexo. Es menester que te pon­gamos sobre la cabeza tus calzas y tu chaqueta, y hagamos ver al mundo lo que ha hecho el ave a su propio nido. ROSALINDA.- ¡Oh, prima, prima hermosa, pri­mita mía, si supieras a cuántos brazos de profundi­dad estoy sumergida en el amor! Pero es imposible sondear esto. Mi afecto, como la bahía de Portugal, tiene un fondo desconocido. CELIA.- O más bien, no tiene fondo; pues cuanto más afecto derramas sobre él, más se sale. ROSALINDA.- Que juzgue cuán profundamente enamorada estoy el mismo bastardo maligno de Ve­nus, engendrado por el pensamiento, concebido por la hipocondría y nacido de la locura; aquel bellaco ceguezuelo que engaña los ojos de cada cual, porque él no tiene los suyos propios.

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