A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Vi su mano, una mano de cuero, color de piedra, que me hizo pensar realmente que se había puesto sus guantes viejos. Pero no, eran sus propias
manos: tiene manos de fregona. Mas no importa
Digo que ella jamás ha inventado tal carta. Esto e
invención y escritura de hombre
SILVIO.- De seguro es de ella
ROSALINDA.- ¡Cómo! Este es un estilo fanfarró
y cruel, estilo de perdonavidas. ¿Pues no me desafía
como un moro a un cristiano? El benigno cerebr
de la mujer no podría destilar una invención ta
enormemente grosera, ni tales palabras etiopes, má
negras en su alcance que en su apariencia. ¿Queréi
oír la carta
SILVIO.- Si lo tenéis a bien; pues nunca la he oído
aunque sí he oído mucho de la crueldad de Febe
ROSALINDA.- Hace de las suyas conmigo. Fijao
en el modo como escribe la tirana. (Leyendo.) ¿Era
algún dios convertido en pastor, que así has abrasa

do el corazón de una doncella? ¿Puede una muje
regañar así
SILVIO.- ¿Llamáis a eso regañar
ROSALINDA.- «¿Por qué, olvidando lo que tiene
de divino, te ensañas, contra el corazón de una mu

jer? » ¿Habéis oído nunca semejante regaño? "Mu
chas veces la mirada suplicante del hombre m
habló de un amor que no podía conmoverme." L

cual quiere decir que soy una bestia. "Si el desdén de tus ojos basta para encender tanto amor en los mí­os, ¡ay! ¿qué no me harían sentir si me miraran cari­ñosos? Os amé mientras me ofendíais. ¿A qué no me moverían, pues, vuestros ruegos? El mensajero de esta queja amorosa, no sospecha que tal amor existe en mí. Confíale tu respuesta en pliego sellado, y dime en ella si tu juventud y tu condición acepta­rán la leal oferta de mi persona y de cuanto soy y valgo; o desecha mi amor y buscaré el modo de mo­rir." SILVIO.-¿Y esto también es regaño? CELIA.- ¡Ay, pobre pastor! ROSALINDA.- ¿Le compadecéis? No, no merece compasión. ¿Amarás a semejante mujer? ¡Qué! Ser­virse de ti como de un instrumento para burlarte mejor. Esto es intolerable. Bien: torna a su lado, pues veo que el amor te ha convertido en una ser­piente mansa, y dile esto: que si ella me ama, le exijo que te ame; y si no, no la tomaré nunca, a menos que tú mismo ruegues por ella. Si sois un verdadero amante, id y no repliquéis palabra, porque viene gente.

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