A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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(Sale Silvio.)
OLIVERIO.- Salud, hermosas. ¿Podéis decirme, os ruego, en qué parte del circuito de este bosque se encuentra un ejido circundado de olivos? CELIA.- Al oeste de este sitio, en la hondonada ve­cina, dejando a vuestra derecha la fila de mimbreras que está a orillas del arroyo, os encontraréis en el redil. Mas en este momento no hay persona alguna en la casa, ni aún para cuidar de ella. OLIVERIO.- Si puede el ojo aprovechar de la len­gua, debería yo conoceros por descripción. Tales trajes y tal edad. "El joven es de complexión clara, femenil de aspecto, y se presenta como una hermana experta; pero la joven es de baja estatura y más mo­rena que su hermano." ¿No sois dueño de la casa por la cual preguntaba? CFLIA.- Pues lo preguntáis, no es jactancia deciros que es nuestra. OLIVERIO.- Orlando me encarga saludaros a una y otro, y envía al joven a quien llama su Rosalinda, esta servilleta ensangrentada. ¿Sois acaso vos? ROSALINDA.- Sí; ¿pero qué significa esto? OLIVERIO.- Algo de lo que me avergüenza, si que­réis saber qué hombre soy, y cómo y por qué y cuándo fue manchado de sangre este pañuelo. CELIA.- Referidlo, os ruego.
OLIVERIO.- Cuando el joven Orlando se alejó de vos, hace poco, empeñó su palabra de volver dentro de una hora; y caminaba por el bosque, engolfada su fantasía en visiones ya tristes, ya risueñas, cuando ¡extraño suceso! al mirar a un lado observó -¿qué diréis?- un infeliz hombre cubierto de harapos, que yacía de espaldas dormido bajo un roble cuyo ra­maje musgoso y encumbrada copa desnuda, dan testimonio de su antigüedad. Una sierpe color verde y oro se había enroscado a su cuello, y acercaba a sus labios entreabiertos la presta y amenazadora ca­beza; pero de súbito al ver a Orlando se desenrolló y se deslizó sinuosamente a un matorral, a cuya sombra yacía agazapada con la cabeza en el suelo y en acecho como un gato, una leona con las ubres secas, aguardando que el hombre dormido se mo­viese; porque es regio instinto de este animal no ha­cer presa en lo que parece muerto. Al ver esto; Orlando se acercó al hombre y halló que era su hermano, su hermano mayor. CELIA.- Le he oído hablar de ese mismo hermano, y lo describía como al más desnaturalizado que ha­bía entre los hombres. OLIVERIO.-Y con justicia podía decirlo, porque bien sé que era desnaturalizado.

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