A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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ROSALINDA.- Pero Orlando, ¿lo dejó allí para ser devorado por la exhausta y hambrienta leona? OLIVERIO.- Dos veces volvió la espalda con ese propósito; pero la bondad, más noble que la ven­ganza, y la naturaleza, más fuerte que la ocasión oportuna, le hicieron luchar contra la leona, que no tardó en sucumbir. El ruido de la lucha me despertó de mi miserable sueño. CELIA.- ¿Sois su hermano? ROSALINDA.- ¿Sois aquel a quien salvó? CELIA.- ¿Sois el que tantas veces atentó contra su vida? OLIVERIO.- Era yo tal como fui, no como soy. No me avergüenza confesaros lo que he sido, desde que la conversión es tan dulce para mí, siendo el infeliz que soy. ROSALINDA.- ¿Pero qué del pañuelo ensangren­tado? OLVERIO.- En un momento. Cuando las lágrimas de uno y otro hubieron corrido por la narración de todo lo que había pasado, hasta decir la manera co­mo vine a este desierto, llevóme donde el buen du­que, quien me dio vestidos y asistencia y me encomendó al afecto de mi hermano, que me con­dujo al punto a su cueva. Allí se desnudó y en esta parte del brazo la leona había desgarrado algo de la carne, que desde entonces había estado desangran­do todo el tiempo; al fin se desmayó, y al desmayar­se llamó a Rosalinda. En una palabra: le hice volver en sí, vendé su herida, y recobradas a poco rato sus fuerzas, me envió aquí, a pesar de ser yo extraño, a referiros el suceso para que podáis disculparlo de no haber cumplido su promesa, y a entregar el pa­ñuelo mojado con su sangre al joven zagal a quien por juego llama su Rosalinda. CELIA.- ¡Ay! ¿Qué tienes, Ganimedes? ¡Ganimedes mío! (Rosalinda se desmaya.) OLIVERIO- Muchos hay a quienes la vista de la sangre ocasiona un vértigo. CELIA.- Algo, más hay en esto. ¡Primo! ¡Ganime­des! OLIVERIO.- Ya lo veis; vuelve en sí. ROSALINDA.- Quisiera estár en casa. CELIA.- Te conduciremos allí. ¿Queréis, os lo su­plico, sostenerlo por un brazo? OLIVERIO.- ¡Ea! ánimo, jovencito. ¿Y sois un hombre? No tenéis varonil el corazón. ROSALINDA.- Es verdad: lo confieso. ¡Ah, señor! cualquiera pensaría que esto estuvo bien fingido. Os ruego decir a vuestro hermano lo bien que lo fingí.
OLIVERIO.- Esto no ha sido ficción. Demasiado testimonio da vuestro aspecto de que ello era un ac­ceso verdadero. ROSALINDA.- Os aseguro que fue imitación. OLIVERIO.- Pues bien, entonces cobrad ánimo y tratad de pasar por hombre.

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