A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Ahora bien, vos no sois ipse, porque ése soy yo. GUILLERMO.- ¿Cuál es ése? PIEDRA.- El que se ha de casar con esta mujer. Por lo cual vos, patán, abandonad -o en lenguaje vulgar­dejad la sociedad, que en rústico es la compañía, de esta hembra -que en el trato común es esta mujer- y todo junto quiere decir, abandona la sociedad de esta hembra o pereces ¡oh patán!; o para que lo en­tiendas mejor, mueres: a saber: te mato, te hago de­saparecer, cambio tu vida en muerte, tu libertad en servidumbre. Te administraré veneno, paliza o cu­chillada. Haré asonadas para pelotearte, te abrumaré con mi política, te mataré de ciento cincuenta mo-dos. Tiembla, pues, y vete. AUDREY.- Hazlo, buen Guillermo, GUILLERMO.- Que Dios os conserve el humor, caballero. (Sale. Entra Corino.) CORINO.- Nuestros amos os buscan: venid, venid. PIEDRA.- Lista, Audrey, lista, Audrey. Ya te sigo, ya te sigo. (Sale.)

ESCENA II
La misma
(Entran ORLANDO Y OLIVERIO)
ORLANDO. - ¿Es posible que conociéndola ape­nas os hayáis prendado de ella? ¿Qué la améis sólo con haberlo visto? ¿Y amándola la pretendáis? ¿Y pretendiéndola haya ella consentido? ¿Y tendréis perseverancia en gozarla? OLIVERIO.- No os preocupe lo súbito de mi afecto, ni la pobreza de ella, ni el corto trato y re­pentino galanteo que me ganaron su consentimien­to; sino antes bien, decid conmigo: amo a Aliena; con ella, que me ama; y con los dos, que consentís para que gocemos cada uno del otro. Y ello será en beneficio vuestro; porque transferiré a vuestro favor la casa de mi padre, junte con todas las rentas que fueron del anciano sir Rowland, y yo viviré y moriré aquí como pastor. (Entra Rosalinda.) ORLANDO.- Tenéis mi consentimiento. Que sean mañana las nupcias. A ellas invitaré al duque y a to­
dos sus joviales secuaces. Id a preparar a Aliena
pues he aquí que llega Rosalinda
ROSALINDA.- Dios os guarde, hermano
OLIVERIO.-Y a vos, hermosa hermana
ROSALINDA.- ¡Oh mi querido Orlando! ¡Cuánt
me duele verte vendado el corazón
ORLANDO.- Es mi brazo
ROSALINDA.- Pensé que las garras de la leona t
habían herido corazón

ORLANDO.- Muy herido está; pena por los ojo
de una dama
ROSALINDA.- ¿Díjote tu hermano como fing
desmayarme cuando mostró tu pañuelo
ORLANDO.- Sí, y aun prodigios mayores que ése
ROSALINDA.- Ya sé lo que queréis decir. Y e
verdad que jamás hubo cosa tan repentina, a no ser

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