A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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el choque de dos carneros, de famosa baladronad

de César: «vine, vi, vencí." Porqué todo fue encon
trarse vuestro hermano con mi hermana, cuando s
vieron apenas se vieron se amaron; bien nació est
amor, se dieron a suspirar; al primer suspiro se pre
guntaron el por qué, y en el instante de saberlo, bus
caron el remedio; de modo que escalón por escaló
han subido así un par de escaleras hacia el piso de

matrimonio. Y lo escalarán incontinenti so pena de ser incontinentes antes de entrar en él. Están en una verdadera furia de amor y quieren unirse. No los apartarán ni a garrotazos. ORLANDO.- Se casarán mañana, e invitaré al du­que a la boda. Pero ¡ay! ¡qué dura cosa es mirar la felicidad por la vista de otros hombres! Tanto más sentiré mañana en mi corazón el colmo del abati­miento, cuanto más piense en la felicidad de mi hermano al obtener lo que desea. ROSALINDA. - Pues entonces, ¿por qué no podré mañana hacer el papel de Rosalinda? ORLANDO.- No puedo vivir más tiempo de ilu­siones. ROSALINDA.- Ya no os fatigaré más con palabras ociosas. Dejadme deciros, pues (y hablo ahora con algún propósito), que os conozco por caballero bien educado. Y no lo digo por inspiraros buena opinión de mi discernimiento al expresar que os conozco así; ni tengo por objeto ganar vuestro aprecio más allá de lo necesario para que creáis aquello que po­drá adquiriros algún bien más que a mí una gracia. Creed, pues, si os place, que puedo hacer cosas ex­trañas. Desde que tuve tres años de edad, he tratado a un mágico, eximio en su arte, y, sin embargo, no condenable. Si tan de corazón amáis a Rosalinda como parece declararlo vuestra actitud, os casaréis con ella al mismo tiempo que vuestro hermano con Aliena. Conozco bien las adversidades de fortuna en que se encuentra; y no es imposible para mí, si no lo juzgáis inconveniente, hacerla aparecer en vuestra presencia mañana, en toda su humana realidad y sin peligro alguno. ORLANDO.- ¿Hablas seriamente? ROSALINDA.- Te lo aseguro por mi vida, a la cual tengo un afecto muy tierno, aunque diga que soy rnago. Así, pues, vístete de gala, e invita a tus ami­gos; porque si quieres casarte mañana, te casarás; y con Rosalinda, si quieres. (Entran Silvio y Febe.) Mira, aquí vienen una que se ha enamorado de mí, y uno que se ha enamorado de ella.

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