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Historia del Ajedrez - Sus antepasados - Pág. 6

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El Chatrang o Shatranj: Las reglas del Shatranj

Era un juego muy lento, en el cual no existían ni el enroque ni la dama. El lugar de ésta lo ocupaba un personaje de sexo masculino llamado firzán, que actuaba como un consejero del monarca. Los peones carecían de la facultad, establecida luego, de mover dos casillas juntas en la salida, esto es, en el primer movimiento. Tampoco podían tomar al paso, otro privilegio de la pieza más pobre del tablero, que consiste en capturar a un peón adversario que encuentre en su marcha inicial.

El firzán, antecesor de nuestra dama actual, podía mover un casillero por vez, solamente en diagonal. Así tomaba y daba jaque. El rey o sha, al carecer de enroque, podía saltar hasta la tercera casa en diagonal o realizar el movimiento del caballo, aun pasando por encima de sus propios peones. Esto se podía hacer cuando no había jaque previo o si en el curso del desplazamiento no se pasaba por una casilla gobernada por una pieza contraria.

El fil movía en diagonal, pero solamente tres casillas por vez, contando la de partida. Tenía la facultad, hoy perdida, de pasar por encima de otra pieza. Vale decir que un fil rojo, ubicado en la casilla a2, no podía ir más allá de c4, sobre la que ejercía su poder de captura o de jaque.

Es interesante seguir la evolución del alfil. En el chaturanga de los indios había, en la casilla que ahora ocupa la torre, un carro de guerra (en algunas regiones, un barco), que tenía movimiento diagonal: era el rukh. A ambos lados del rey y de su consejero, el firzán, se encontraba, ocupando la casilla que hoy ocupa el alfil, el fil, un elefante. En algún momento indeterminado de la historia cambiaron sus casillas y sus movimientos, pero no sus nombres. Así fue como la pieza que quedó a ambos lados de la pareja real se siguió llamando fil, pero retuvo el movimiento del carro de guerra. Éste se fue a las esquinas del tablero, pero se quedó con el desplazamiento rectilíneo, convirtiéndose en torre.

La inclusión de la torre en un juego que se caracteriza por la movilidad de las piezas no parece apropiada, ya que un elefante, si bien se mueve lentamente, no es estático. Una torre, que es intrínsecamente inmóvil, no parece representar a la realidad. Los indios, al colocar un carro de guerra, procedieron con más ajuste a ella. El caballo o faras movía del mismo modo que en la actualidad. La torre, moviéndose como lo hace hoy, era la pieza más poderosa del tablero.

No fue sino a mediados del siglo XVIII cuando se estableció la forma actual de ese movimiento excepcional que llamamos enroque. En una primera época, esta movida se desdoblaba en dos y no había reglas fijas con respecto a la ubicación del rey y la torre, que muchas veces eran colocados de acuerdo con la voluntad del jugador. En todos los casos, el objetivo final del juego era inmovilizar al rey mediante el jaque mate.

Todo peón que llegaba hasta la octava línea del tablero se transformaba en firzán, y como nuevo firzán tenía la posibilidad de saltar tres casillas hacia atrás, movida que se llamaba el salto de la alegría. La coronación solamente se realizaba si el firzán original había sido capturado durante el juego. El peón no podía metamorfosearse en ninguna otra pieza, ni existente ni perdida.

Los árabes llamaron muwárik al peón coronado que circulaba por diagonales iguales a la original, y mukhálif, al que lo hacía por diagonales distintas. Debe recordarse siempre que el tablero era unicolor; por eso había que aclarar a qué diagonal se referían.

Lo que hoy llamamos apertura era conocido como tabiyá. Aunque carecía de la sofisticación estratégica de la apertura actual, muchos de sus elementos sobrevivieron hasta nuestros días. Las tabiyá eran maniobras de atrincheramiento realizadas con el objetivo de prepararse para el ataque o la defensa y constaban de una serie de movimientos individuales libres que cada jugador hacía de acuerdo con su propia estrategia ofensivo-defensiva.

Esos movimientos se hacían, por lo general, con la estricta condición de no ingresar nunca en campo enemigo, aunque se han podido constatar excepciones. Las tabiyá llevaban por lo general nombres rimbombantes y poéticos, que poco y nada tenían que ver con el ajedrez. Una de las más conocidas y practicadas era la que llevaba por nombre "tabiyá del peón torrente". Una vez concluidos esos ocho o nueve movimientos iniciales (hay de doce), comenzaba el juego propiamente dicho.

Consultados con relación a esta particular forma de abrir el juego, muchos jugadores contemporáneos respondieron que no veían grandes diferencias con lo que se hace en la actualidad y que su práctica no lo altera sustancialmente. El único inconveniente observado por los maestros radica en el hecho de que al abrir el juego de esta manera no se pueden poner en práctica los planteamientos relativos a gambitos y contragambitos, en las aperturas cerradas, o en aquellos juegos en los que hay intercambio de piezas.

Es probable que esta práctica de la tabiyá se haya circunscrito al escenario geográfico de los árabes. En el libro del rey Alfonso X el Sabio no se hace mención de las aperturas, ni aparece en él elemento alguno que confirme su práctica en la España cristiana medieval. Todo hace pensar que la forma de jugar en Sevilla hacia 1280 -fecha de composición del manuscrito del Rey- es la misma que la nuestra en el sentido de que se hace un movimiento por jugador, iniciando la partida las blancas o las rojas, indistintamente.

Desde el comienzo de la partida, las piezas se guardaban en un paño, o pedazo de cuero, que se hallaba dividido en sesenta y cuatro casilleros. Para jugar lo extendían en el suelo y disponían las piezas sobre él en el momento del inicio.

En la actualidad, las damas y los reyes se encuentran enfrentados al comenzar el juego, ocupando las casillas d1, e1, d8, e8. Los reyes están en casilla contraria a la de su color y las damas en la propia. En el mundo musulmán, era práctica común ubicarlos cruzados entre sí, de modo tal que el firzán rojo estaba enfrentado al sha negro y viceversa.

Dada la lentitud de movimientos de algunas de las piezas, como el fil y el firzán, no era nada sencillo ganar por jaque mate. Existían, a raíz de esto, varias formas de obtener la victoria:
  • por jaque mate (la forma que en la actualidad es la única aceptada como válida para derrotar al adversario, además del abandono);
  • por rey robado, lo que equivale a despojado de todas sus piezas, y
  • por rey ahogado, lo que hoy corresponde a tablas o empate.
Entre los árabes se consideraba una media victoria del jugador que entablaba (algo así como si del punto que está en disputa se le diese medio al jugador que ahoga y nada al adversario).


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