Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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reducirse por medio de la Santa Inquisición al gremio santísimo de la
Iglesia; los demás cristianos libertados se fueron cada uno donde mejor le
pareció; solos quedamos Zoraida y yo, con solos los escudos que la cortesía
del francés le dio a Zoraida, de los cuales compré este animal en que ella
viene; y, sirviéndola yo hasta agora de padre y escudero, y no de esposo,
vamos con intención de ver si mi padre es vivo, o si alguno de mis hermanos
ha tenido más próspera ventura que la mía, puesto que, por haberme hecho el
cielo compañero de Zoraida, me parece que ninguna otra suerte me pudiera
venir, por buena que fuera, que más la estimara. La paciencia con que
Zoraida lleva las incomodidades que la pobreza trae consigo, y el deseo que
muestra tener de verse ya cristiana es tanto y tal, que me admira y me
mueve a servirla todo el tiempo de mi vida, puesto que el gusto que tengo
de verme suyo y de que ella sea mía me lo turba y deshace no saber si
hallaré en mi tierra algún rincón donde recogella, y si habrán hecho el
tiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre y hermanos
que apenas halle quien me conozca, si ellos faltan.» No tengo más, señores,
que deciros de mi historia; la cual, si es agradable y peregrina, júzguenlo
vuestros buenos entendimientos; que de mí sé decir que quisiera habérosla
contado más brevemente, puesto que el temor de enfadaros más de cuatro
circustancias me ha quitado de la lengua.





Capítulo XLII. Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras
muchas cosas dignas de saberse


Calló, en diciendo esto, el cautivo, a quien don Fernando dijo:

-Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este estraño
suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso.
Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden
a quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido en
escuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el
mesmo cuento, holgáramos que de nuevo se comenzara.

Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los demás se le ofrecieron, con
todo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosas
y tan verdaderas que el capitán se tuvo por bien satisfecho de sus
voluntades. Especialmente, le ofreció don Fernando que si quería volverse
con él, que él haría que el marqués, su hermano, fuese padrino del bautismo
de Zoraida, y que él, por su parte, le acomodaría de manera que pudiese

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