Un lance pesado (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

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No he visto en mi vida cara más graciosa, más ingenua, ni de expresión más sencilla e inocente que la de aquella muchacha, ni tampoco he encontrado mujer que me haya inspirado una repulsión instintiva y una antipatía natural más grande. Concluyó el ventero su operación y sentóse en un rincón de la cocina; la muchacha colocó delante del hogar una mesilla de pino, desvencijada y coja, y sobre la mesa un jarro boquirroto y dos vasos. Mi amigo comenzó a beber y a charlar; yo bebía en silencio; el ventero dormitaba; el gato gruñía con un ruido particular; la muchacha tenía fijos en nosotros dos ojos que me parecían tan grandes como toda su cara; la llama del hogar al agitarse hacía danzar de una manera fantástica nuestras sombras que se proyectaban en los muros; los granizos golpeaban los vidrios de una ventanilla a través de la que brillaban los relámpagos; el viento se dilataba por la llanura con largos gemidos, y el arroyo, crecido con la avenida, forcejeaba entre las piedras al pie de la casa con un rumor extraño y monótono. En este momento mi amigo comenzó a cantar:
La donna e móbile
É piuma al vento
Muta d ‘acento
É di pensier.
A sempre amábile
Leggiadro viso
E il piantto é il riso
É mensognier.
No sé cómo explicar el efecto que me hizo esta música en aquella ocasión; lo que puedo decir es que cuando nos decidimos a acostarnos y el ventero tomó la luz para compañarme al tabuco donde me habían preparado la cama, mientras mi compañero subía por una escalera de caracol en busca de la suya, el recuerdo del último acto del Rigoletto estaba tan fijo en mi imaginación que no pude oír sin un estremecimiento involuntario la voz gruesa y estentórea del ventero que me dijo al despedirme:

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