El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Su espera fue en vano. No apareció nadie.
Entonces, no pudiendo resistir la sospecha que atormentaba su corazón, Maurice emprendió camino hacia la antigua calle Saint-Jacques.
Cuando llegó halló a Geneviève vestida con una bata blanca, sentada bajo un emparrado de jazmines. La joven dio la bienvenida a Maurice y le invitó a tomar una taza de chocolate.
Al llegar Dixmer, expresó la mayor alegría por encontrar a Maurice a una hora tan inesperada. Le invitó a recorrer los talleres en su compañía y le puso en antecedentes de que Morand acababa de descubrir el secreto para fabricar un tafilete rojo inalterable.
Maurice siguió a Dixmer a través de los talleres hasta una especie de oficina particular donde vio trabajando al ciudadano Morand; llevaba éste unos anteojos azules y parecía muy ocupado en cambiar al púrpura el blanco sucio de una piel de cordero; tenía las manos y los brazos manchados de rojo y saludó a Maurice con la cabeza.
-Bien, ciudadano -preguntó Dixmer-, ¿qué me dice?
-Sólo con este procedimiento ganaremos cien mil libras al año. Pero hace ocho días que no duermo y los ácidos me han quemado la vista.
Maurice dejó a Dixmer con Morand y volvió junto a Geneviève. Por el camino se reprochaba haber sospechado de aquellas personas intachables, y culpaba de su error al servicio en el Temple que, según él, podía embrutecer hasta a un héroe.
Geneviève esperaba a Maurice con su dulce sonrisa para hacerle olvidar por completo las sospechas que había concebido. Ella fue como siempre: dulce, amigable, encantadora.
Las horas que pasaba Maurice junto a Geneviève eran las únicas en que realmente vivía. Sin embargo, hacia mediodía, tuvo que abandonarla y regresar al Temple.
Al final de la calle Sainte-Avoye, encontró a Lorin que volvía de su guardia; caminaba en formación, pero se separó de ella para acercarse a su amigo, cuyo rostro expresaba una suave felicidad.
-¡Ah! -dijo Lorin, estrechándole la mano-:
En vano ocultas tu languidez
Yo sé lo que deseas

No dices nada, pero suspiras.
Tienes el amor en los ojos,
Tienes el amor en el corazón.
Maurice echó mano a su bolsillo para buscar la llave. Era el medio que había adoptado para cortar el verbo poético de su amigo. Pero éste vio el movimiento y se alejó riendo.

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