Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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derramar más de una lágrima a algunos de los que la escucharon,
especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas.
Abrazóla Luscinda con mucho amor, diciéndole:

-Sí, sí: María, María.

A lo cual respondió la mora:

-¡Sí, sí: María; Zoraida macange! -que quiere decir no.

Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que venían con don
Fernando, había el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles de
cenar lo mejor que a él le fue posible. Llegada, pues, la hora, sentáronse
todos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la había redonda ni
cuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto que
él lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado la
señora Micomicona, pues él era su aguardador. Luego se sentaron Luscinda y
Zoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo y
los demás caballeros, y, al lado de las señoras, el cura y el barbero. Y
así, cenaron con mucho contento, y acrecentóseles más viendo que, dejando
de comer don Quijote, movido de otro semejante espíritu que el que le movió
a hablar tanto como habló cuando cenó con los cabreros, comenzó a decir:

-Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas
cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuál
de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castillo
entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que
nosotros somos quien somos? ¿Quién podrá decir que esta señora que está a
mi lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel Caballero de
la Triste Figura que anda por ahí en boca de la fama? Ahora no hay que
dudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos
que los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en estima cuanto a
más peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren que las letras
hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no
saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir, y a lo que
ellos más se atienen, es que los trabajos del espíritu exceden a los del
cuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su
ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenas
fuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se
encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos

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