Peter Pan (J.M. Barrie) Libros Clásicos

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Un quejido más aumentaría su fama esa noche.
En la penumbra que traían consigo los dos piratas no vieron la roca hasta que chocaron con ella.
-Orza, palurdo -exclamó una voz irlandesa que era la de Smee-, aquí está la roca. Ahora, lo que tenemos que hacer es izar a la india hasta allí arriba y dejarla ahí para que se ahogue.
No tardaron ni un momento en depositar brutalmente a la hermosa muchacha en la roca: era demasiado orgullosa para oponer una resistencia inútil.
Muy cerca de la roca, pero sin que se vieran, flotaban dos cabezas, la de Peter y la de Wendy, siguiendo el vaivén de las olas. Wendy estaba llorando, pues era la primera tragedia que veía. Peter había visto muchas tragedias, pero se le habían olvidado todas. No sentía tanta pena por Tigridia como Wendy, lo que lo enfurecía era que eran dos contra uno y tenía intención de salvarla. Lo fácil habría sido esperar a que los piratas se hubieran ido, pero él nunca optaba por lo fácil.
No había prácticamente nada que no supiera hacer y ahora imitó la voz de Garfio.
-Eh vosotros, matalotes -gritó. Era una imitación maravillosa.
-El capitán -dijeron los piratas, mirándose el uno al otro sorprendidos.
-Debe de estar nadando hacia nosotros -dijo Starkey, después de buscarlo en vano.
-Estamos colocando a la india en la roca -gritó Smee. -Soltadla -fue la asombrosa respuesta.
-¡Soltadla!
-Sí, cortadle las ataduras y que se vaya.
-Pero, capitán...
-Ahora mismo, me oís -gritó Peter-, u os clavo el garfio.
-Qué raro -dijo Smee entrecortadamente.
-Será mejor que hagamos lo que ordena el capitán -dijo Starkey nervioso.
-Sí -dijo Smee y cortó las ligaduras de Tigridia.

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