Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Después, se deslizaron hacia la puerta y atisbaron, temblando, el interior. Vieron una habitación en cuyo piso, sin pavimento, crecía la hierba y con los muros sin revocar; una chimenea destrozada, las ventanas sin cierres y una escalera ruinosa; y por todas partes telas de araña colgantes y desgarradas. Entraron de puntillas, latiéndoles el corazón, hablando en voz baja, alerta el oído para atrapar el más leve ruido y con los músculos tensos y preparados para la huida.
A poco la familiaridad aminoró sus temores y pudieron examinar minuciosamente el lugar en que estaban, sorprendidos y admirados de su propia audacia. En seguida quisieron echar una mirada al piso de arriba. Subir era cortarse la retirada, pero se azuzaron el uno al otro y eso no podía tener más que un resultado: tiraron las herramientas en un rincón y subieron. Allí había las mismas señales de abandono y ruina. En un rincón encontraron un camaranchón que prometía misterioso; pero la promesa fue un fraude: nada había allí. Estaban ya rehechos y envalentonados. Se disponían a bajar y ponerse al trabajo cuando...
-¡Chist! -dijo Tom.
-¿Qué? ¡Ay Dios! ¡Corramos!
-Estáte quieto, Huck. No te muevas. Vienen derechos hacia la puerta.
Se tendieron en el suelo, con los ojos pegados a los resquicios de las tarimas, y esperaron en una agonía de espanto.
-Se han parado... No, vienen... Ahí están. No hables, Huck. ¡Dios, quién se viera lejos!
Dos hombres entraron. Cada uno de los chicos se dijo a sí mismo:
-Ahí está el viejo español sordomudo que ha andado una o dos veces por el pueblo estos días; al otro no lo he visto nunca.
«El otro» era un ser haraposo y sucio y de no muy atrayente fisonomía. El español estaba envuelto en un sarape; tenía unas barbas blancas y aborrascadas, largas greñas, blancas también, que le salían por debajo del ancho sombrero, y llevaba anteojos verdes. Cuando entraron, «el otro» iba hablando en voz baja. Se sentaron en el suelo, de cara a la puerta y de espaldas al muro, y el que llevaba la palabra continuó hablando. Poco a poco sus ademanes se hicieron menos cautelosos y más audibles sus palabras.
-No -dijo-. Lo he pensado bien y no me gusta. Es peligroso. ¡Peligroso! -refunfuñó el español «sordomudo», con gran sorpresa de los muchachos-. ¡Gallina!
Su voz dejó a aquéllos atónitos y estremecidos. ¡Era Joe el Indio! Hubo un largo silencio; después dijo Joe:

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