Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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   La noche iba viniendo poco a poco. El mayoral encendió los faroles... La diligencia, herrumbrosa, saltaba, gritando, sobre sus viejos muelles; los caballos trotaban, sonaban los cascabeles... De cuando en cuando, arriba, en la imperial, terrible ruido de hierro viejo... Era el material de guerra.
   Tartarín de Tarascón, medio dormido, estuvo un momento contemplando a los viajeros, cómicamente sacudidos por los tumbos, que bailaban delante de él como sombras grotescas... Después, se le oscurecieron los ojos, se le veló el pensamiento y ya no oyó sino vagamente el gemir de los ejes de las ruedas, los flancos de la diligencia, que se quejaban...
   De súbito, una voz, voz de hada vieja, ronca, cascada, llamó al tarasconés por su nombre:
   -¡Señor Tartarín! ¡Señor Tartarín!
   -¿Quién me llama?
   -Soy yo, señor Tartarín, ¿no me reconoce usted?... Soy la vieja diligencia que hace veinte años tenía el servicio de Tarascón a Nimes... ¡Cuántas veces lo he llevado a usted y a sus amigos, cuando iban a cazar gorras, por la dirección de Jonquières o de Bellegarde!... Al pronto, no le conocía a causa de ese gorro de teur y del cuerpo que ha echado usted; pero en cuanto se ha puesto usted a roncar, lo he reconocido en el acto.
   -¡Bueno! ¡Bueno! -dijo el tarasconés un poco amoscado.
   Y después, suavizando el tono:
   -¿Y qué has venido a hacer aquí, pobre vieja?
   -¡Ay!, señor Tartarín, por mi gusto no vine, se lo aseguro... En cuanto estuvo acabado el ferrocarril de Beaucaire, dijeron que ya no servía para nada, y me mandaron a África... ¡Y no soy la única!... Casi todas las diligencias de Francia se vieron deportadas conmigo. Decían que éramos demasiado reaccionarias, y ahora aquí estamos haciendo vida de galeras... Somos lo que en Francia llaman ustedes ferrocarriles argelinos.
   Al decir esto, la diligencia lanzó un suspiro; después prosiguió:
   -¡Ay señor Tartarín, cuánto me acuerdo de mi buen Tarascón! ¡Aquellos sí que eran buenos tiempos para mí! ¡Tiempos de juventud! ¡Había que verme salir de mañana, lavadita y reluciente, con las ruedas recién barnizadas, los faroles que parecían dos soles y la baca siempre untada de aceite! Y qué bonito cuando el postillón chasqueaba el látigo, canturreando: "¡Lagadigadeou! ¡La Tarasca! ¡La Tarasca!", y el conductor, con el cornetín terciado y la gorra bordada sobre la oreja, echando, con toda la fuerza de su brazo, el perrillo, siempre furioso, en la baca de la imperial, se lanzaba a lo alto con el grito de: "¡Arrea! ¡Arrea!" Entonces, mis cuatro caballos arrancaban al ruido de los cascabeles, los ladridos y las tocatas; se abrían las ventanas, y todo Tarascón miraba con orgullo la diligencia correr por la carretera real.

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