El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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«¡Adiós! -dijo-, bella misteriosa. Me has tratado como a un necio o a un niño. En efecto, ¿hubiera venido aquí conmigo, si viviera aquí? ¡No!, se ha limitado a pasar por aquí como un cisne por un pantano infecto, y su huella es tan invisible como la del pájaro en el aire.»

II
EL TEMPL

El mismo día, a la misma hora en que el decepcionado Maurice volvía a cruzar el puente de la Tournelle, varios municipales, acompañados por Santerre comandante de la guardia nacional parisiense, hacían una severa visita a la torre del Temple, transformada prisión el 13 de agosto de 1792.
Esta visita se realizaba en particular al aposento del tercer piso, compuesto por una antesala y tres habitaciones. Una de éstas estaba ocupada por dos mujeres, una muchachita y un niño de nueve años, todos vestidos de luto.
La mayor de las mujeres podía tener treinta y siete o treinta y ocho años. Estaba sentada y leía. La segunda trabajaba en una obra de tapicería y tenía veintiocho o veintinueve años. La jovencita tenía catorce y se mantenía junto al niño que, enfermo y acostado, cerraba los ojos como si durmiera, aunque era evidente que se lo impedía el ruido que hacían los municipales.
Unos revolvían las camas, otros desplegaban las piezas de lencería, otros, que ya habían terminado sus pesquisas, miraban con una fijeza insolente a las desgraciadas prisioneras que, obstinadamente, mantenían los ojos bajos,
Uno de los municipales se aproximó a la que leía, le arrebató brutalmente el libro y lo arrojó en
medio de la habitación. La prisionera cogió otro volumen de la mesa y continuó la lectura.
El montañés hizo un gesto furioso para arrancarle el segundo volumen como había hecho con el primero, pero la muchachita se abalanzó, rodeó con sus brazos la cabeza de la lectora y murmuró llorando:
-¡Ah, pobre madre mía!
Entonces la prisionera acercó la boca a la oreja de la jovencita, como para besarla y dijo:
-Marie, hay una nota escondida en la boca de la estufa; sácala.
El municipal las separó y la jovencita le preguntó si la Convención había prohibido a los hijos abrazar a las madres.
-No; pero ha decretado que se castigará a los traidores, a los aristócratas y a los de arriba. Por eso estamos aquí, para interrogar.

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