Las armas de la hermosura (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

Página 22 de 90

910 a parlamentar, tu intento
sepa, que es ir convoyando
a esta dama. Con que, en viendo
que ella conoce a su gente

y que quedando con ellos,
915 queda a su satisfacción,
en seguro salvamento,
sin más esperar, la rienda
vuelve. Y mira que te advierto
que ni a ella ni a ellos les digas
920 quién soy.
ASTREA: ¿Qué es lo que oigo, cielos?
¿A mi patria me envías?
CORIOLANO: Sí;
que los generosos pechos
lidiamos porque lidiamos,
mas no nos aborrecemos
925 para las cortesanías.
ASTREA: Deja, que a tus pies...
CORIOLANO: No extremos
hagas; que no hay que estimarme
lo que hago yo por mí mesmo.
Parte, pues, y dile a Astrea
930 que un romano caballero
apenas oyó su nombre
en tus labios cuando, atento
a la estimación, al culto, adoración
al decoro y al respeto
935 que debe a la majestad
de tan generoso dueño,
te estimó por prenda suya,
principalmente sabiendo
que vienes en su servicio;
940 y porque un punto, un momento
no faltes dél, te remite te devuelve
a excusar el sentimiento
de echarte menos, que eres
tú muy para echada menos.
945 Y perdóname no ser
yo el que te vaya sirviendo,
porque no puedo faltar
de aquí.
ASTREA: Ya que te merezco
tan gran fineza, merezca
950 saber a quién se la debo.
CORIOLANO: Eso no; que has de ir deudora
aun del agradecimiento.
ASTREA: Ya que tú no me lo digas,
quizá me lo dirá el tiempo.
955 CORIOLANO: Pues no le pierdas ahora, i.

Página 22 de 90
 

Paginas:
Grupo de Paginas:       

Compartir:




Diccionario: