Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Así, pues, Amy dedicaba las mañanas al trabajo, las tardes a las diversiones, y le iba muy bien con ese sistema. Entretanto, Jo se dedicaba a la literatura y a Beth, que había seguido delicada mucho tiempo después que su fiebre pasara a la historia. Sin estar propiamente enferma, no fue ya nunca la chiquilla rosada y sana que había sido antes; no le faltaba nunca ánimo, sin embargo, y se ocupaba de las pequeñas tareas domésticas, que adoraba; era amiga de todo el mundo, el ángel de la casa, aun mucho antes de darse cuenta de ello aquellos que más la querían.
Mientras "El Águila Desplegada" le pagó un dólar por columna sus "tonterías", como ella las llamaba, Jo se sintió rica y siguió tejiendo con gran diligencia sus romances. Pero en la cabeza le bullían grandes proyectos y en la vieja cocinita de lata de la bohardilla seguían amontonándose despacito los manuscritos garabateados que habían de colocar un día el nombre de March en el cartel Ce la fama.
¿Y qué había sido de Laurie? Una vez que satisfizo los deseos de su abuelo ingresando en la universidad, ahora lo pasaba allí lo mejor posible para cumplir consigo mismo. Mimado por todo el mundo a causa de su dinero, sus excelentes modales y su mucho talento y el más bondadoso de los corazones, corrió gran peligro de echarse a perder, lo que hubiese ocurrido con toda seguridad a no ser por el talismán que poseía el chico contra todo mal: el recuerdo del bondadoso anciano que tanto tenía que ver en sus éxitos, y de aquella maternal amiga que velaba por él como si se tratara de su propio hijo. Y en último término -aunque en manera alguna el menos importante- el saber que cuatro muchachas inocentes lo querían, admiraban y creían en él con todo su corazón.
Siendo un ser humano -aunque de la raza de los "gloriosos"-era muy natural que se divirtiera, flirteara, se vistiera de "petimetre" y le diera por seguir la moda universitaria al pie de la letra, ya fuese acuática, sentimental o deportiva, según la época, aprendiendo y practicando al dedillo la jerga estudiantil y poniéndose más de una vez en serio peligro de sufrir suspensiones y aun la expulsión. Pero como las causas de estas travesuras no eran sino el buen humor y el afán de broma, siempre se salvaba y salía del paso mediante la confesión franca, la reparación honorable, o aquel irresistible poder de persuasión que poseía a la perfección.

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