Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Hasta la noche no volvió a su casa, y por su palidez y cansancio se dieron todos cuenta que el día había sido arduo, aunque Amy no se quejó y ni siquiera les contó lo que había hecho. Su madre le sirvió el té más cariñosa que nunca. Beth le hizo una preciosa guirnalda para el pelo, mientras que Jo asombró a la familia vistiéndose con especial cuidado e insinuando ambiguamente que se iban a dar vuelta los papeles.
-No hagas nada descortés, Jo, por favor, no quiero alharacas. Deja pasar todo y pórtate bien -imploró Amy al salir de nuevo para la feria, esperando encontrarse con un refuerzo de flores para refrescar su pobrecito quiosco.
-únicamente me propongo hacerme tan atrayente a cuanta persona conozco que se quedará en tu rincón el mayor tiempo posible. Teddy y sus muchachos me darán una manita y todavía nos vamos a divertir mucho -respondió Jo, disponiéndose a esperar a Laurie.
Al poco rato, oyendo el paso fuerte y familiar de su amigo, corrió a recibirlo:
-¿Es mi muchacho el que llega?
-Con tanta seguridad como que es mi chica la que me espera -respondió Laurie, metiendo la mano de Jo bajo su brazo con el aire de un hombre que ve satisfechos todos sus deseos.
-¡Ay, Teddy, no te imaginas lo que pasa! -Y Jo relató con verdadero celo fraternal los pormenores de las injurias sufridas por Amy.
-Un montón de muchachos vienen luego, y que me ahorquen si no los obligo a comprar hasta la última flor que tenga en el quiosco y a que acampen luego al pie de su mesa -dijo Laurie, abrazando con calor la causa de Jo y Amy.
-Dice Amy que las flores no están nada lindas y que las frescas pueden no llegar a tiempo. No quisiera ser injusta o suspicaz. Pero no me sorprendería que no llegaran a ninguna hora. Cuando la gente comete un primer acto mezquino, es muy probable que incurran en otro -observó Jo.
-¿Acaso Enrique no le dio las mejores que teníamos, como se lo ordené.
-No sabía yo eso; creo que se le olvidó, y como tu abuelo no estaba muy bien no quise fastidiarlo pidiéndoselas, aunque de veras las necesitábamos.
-¡Vamos, Jo! ¿Cómo pudiste pensar que había la menor necesidad de pedirlas? Sabes muy bien que todo lo que tengo es tuyo.

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