Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Entra VALENTÍN
     VALENTÍN. -¡Cuánto puede en el hombre la costumbre! Esta soledad sombría, estos bosques desiertos, me causan más placer que las populosas y florecientes ciudades. Aquí puedo sentarme solo, ausente de todas las mirarlas; y aquí puedo juntar a los trinos lastimeros del ruiseñor mi voz doliente y los acentos de mi dolor. ¡Oh, tú que habitas en mi pecho, no dejes tu morada tanto tiempo vacía, si no quieres que cayendo a pedazos se desplome el edificio y no deje memoria de lo que fue! ¡Silvia, aliéntame con tu presencia! ¡Tú, ninfa amorosa, consuela a tu desolado pastor! (Ruido dentro.) ¿Qué gritos y alborotos se sienten hoy en el bosque? Serán mis compañeros, sin más ley que su voluntad. Sin duda persiguen a un infeliz viajero. Aunque me profesan gran afecto, con dificultad puedo impedir que cometan actos brutales. ¿Quién se acerca? Ocúltate, Valentín. (Se oculta. Entran PROTEO, SILVIA y JULIA.)
     PROTEO. -Señora, todo esto lo hago por vos. Por grande que sea vuestra indiferencia, os he prestado este servicio exponiendo mi vida. Os he librado de las manos de los que querían violentar vuestro honor y vuestro amor. Dignaos recompensarme con sólo una mirada bienhechora. No puedo pedir más y seguramente no me concederéis menos.
     VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Sueño me parece cuanto veo y oigo! ¡Amor, dame paciencia para contenerme por algunos instantes!
     SILVIA. -¡Oh, miserable! ¡Desgraciada de mí!
     PROTEO. -Desgraciada antes de venir yo, señora, pero mi llegada os ha hecho feliz.
     SILVIA. -Vuestra presencia me hace la más desgraciada de las mujeres.
     JULIA. -(APARTE.) Y a mí también cuando está junto a ti.
     SILVIA. -Si un león hambriento me hubiera desgarrado, preferiría servirle de presa a deber mi libertad al traidor Proteo. ¡Oh, cielos! Os tomo por testigos de que tanto cuanto amo a Valentín, vida para mí tan querida como mi alma, tanto -porque más es imposible- detesto al falso y perjuro Proteo. Huye, pues, y no insistas más.
     PROTEO. -¡Llevaría a cabo la acción más arriesgada, aunque en ella perdiera la vida, por obtener de vos una sola mirada cariñosa! ¡Oh, maldición del amor es amar a una mujer y no ser amado!
     SILVIA. -¡Amado de una mujer y no poder Proteo amarla! Lee en el corazón de Julia, tu primer amor apasionado, por quien en otra época rasgaste tu fe en mil juramentos que, por amarme, han venido a parar en perjurios. Y ahora ya no tienes fe, a no ser que tengas dos, que es peor que no tener ninguna.

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