Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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recién venido de tierra de moros, porque venía vestido con una casaca de
paño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzones
eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traía unos
borceguíes datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahelí que le
atravesaba el pecho. Entró luego tras él, encima de un jumento, una mujer a
la morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza; traía un
bonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los hombros a los
pies la cubría. Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de poco
más de cuarenta años, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barba
muy bien puesta. En resolución, él mostraba en su apostura que si estuviera
bien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida.

Pidió, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no le
había, mostró recebir pesadumbre; y, llegándose a la que en el traje
parecía mora, la apeó en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija
y Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a
la mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta,
pareciéndole que así ella como el que la traía se congojaban por la falta
del aposento, le dijo:

-No os dé mucha pena, señora mía, la incomodidad de regalo que aquí falta,
pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, si
gustáredes de pasar con nosotras -señalando a Luscinda-, quizá en el
discurso de este camino habréis hallado otros no tan buenos acogimientos.

No respondió nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse de
donde sentado se había, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho,
inclinada la cabeza, dobló el cuerpo en señal de que lo agradecía. Por su
silencio imaginaron que, sin duda alguna, debía de ser mora, y que no sabía
hablar cristiano. Llegó, en esto, el cautivo, que entendiendo en otra cosa
hasta entonces había estado, y, viendo que todas tenían cercada a la que
con él venía, y que ella a cuanto le decían callaba, dijo:

-Señoras mías, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otra
ninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido,
ni responde, a lo que se le ha preguntado.

-No se le pregunta otra cosa ninguna -respondió Luscinda- sino ofrecelle
por esta noche nuestra compañía y parte del lugar donde nos acomodáremos,
donde se le hará el regalo que la comodidad ofreciere, con la voluntad que
obliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad,

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