Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) Libros Clásicos

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No digo esto para disculparme... Sin embargo... Sí, miento. Quería precisamente excusarme. Y no quiero mentir: he dado mi palabra.
Por la noche iba en busca de las mujeres, a hurtadillas, con un sentimiento de vergüenza que no se apartaba de mí ni siquiera en los momentos más innobles y que me exasperaba hasta la locura. Entonces, mi alma ya llevaba en ella su subsuelo. Tenía un miedo atroz a que alguien me viera y me reconociese. Por eso iba a las zahúrdas más sórdidas.
Una noche, al pasar ante un pequeño restaurante, asistí, a través de las ventanas iluminadas, a una batalla entre jugadores de billar, que utilizaban como armas los tacos, y vi cómo echaban a uno de ellos por la ventana. En otro momento cualquiera, aquella conducta me habría repugnado, pero el estado de ánimo en que me hallaba entonces me hizo tener envidia de aquel señor al que habían arrojado a la calle. Fue tan fuerte aquel sentimiento, que entré en la sala de billares. «¿Quién sabe -me decía-. Quizá también yo logre armar una buena trifulca y que me echen por la ventana»
No estaba borracho, pero ¿qué quieren ustedes?, el tedio y la angustia me volvían loco. Y resultó que yo ni siquiera era digno de que me echasen por la ventana, y me fui sin haber podido reñir con nadie. Desde el primer momento, un oficial me puso en mi sitio.
Me había situado cerca de la mesa de billar y, como no conocía nada del juego, estorbaba a los jugadores. A fin de poder pasar, el oficial me puso las manos en los hombros y, sin la menor explicación, sin decir ni palabra, me apartó. Luego pasó como si yo no existiese. Le habría perdonado que me golpeara, pero me mortificó que me apartara en silencio.
Sólo el diablo sabe lo que yo habría dado por una disputa en regla, por una querella conveniente, literaria, por decirlo así. Me habían tratado como a una mosca. El oficial era un hombre de aventajada estatura; yo, bajito y enclenque. Sin embargo, sólo de mí dependía provocar un escándalo. Si hubiese protestado, me habrían hecho tomar al punto el camino de la ventana. Pero reflexioné y preferí escabullirme, aunque mi corazón rebosaba de cólera.
De nuevo me vi en la calle. Estaba conmovido y perplejo. Regresé derecho a casa.

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