El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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-Claro que conozco a alguna, es más, conozco a varias. Dos de ellas, verdaderamente dignas de men- ción, han salido con la comitiva de los Legados, una tal Dona Isa y una tal Dona Andrea. Las conozco desde hace tiempo y las aprecio mucho; es más, tengo que decir que durante la velada de despedida en el castillo de los Sforza, el día antes de partir hacia Nápoles, estaban espléndidas. Conociéndolas bien como las conozco, estoy convencido de que animarán bastante el viaje. No era difícil prever que, en semejante compañía, donde los más eran jóvenes de ambos sexos, surgirían vínculos e intrigas de todo tipo. -Las espléndidas criaturas femeninas que han enviado a Nápoles parecen las indicadas para desencade- nar pasiones y desgracias -pronosticó Trotti. -Exacto -interrumpió maese Stefano-, mi padre siempre decía: «La paja attaccb alfoeugh la tacca .» -Pero ¿es posible que tengáis un proverbio para todo? -El Embajador, sonriendo, continuó-: Dona Isa, la que primero he citado, es la hija del marqués Malacrida, feudatario de Poschiavo, y la madre es de origen alemán. La joven ha ido a Nápoles para acompañar como dama a la duquesa Isabel hasta Milán. Alta y esbelta, con una larga cabellera rubio pálido, como el benigno sol de su tierra en los bellos días de invierno, sus ojos son de un azul tan claro que a veces, en especial cuando los abre de par en par para fingir sorpresa, se asemejan al cristal transparente y parece que se pudiera ver a través de ellos. Es una mirada insólita, que capta la atención de quien se encuentra con ella. Inmediatamente después, uno queda impresionado por sus labios que, carnosos y sensuales, se abren en una inocente y maliciosa sonrisa.

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