La Casa Hechizada (Charles Dickens) Libros Clásicos

Página 11 de 31

revistiéndose de una conducta no mejor que la que incuestionablemente le habría
llevado a un estrecho conocimiento entre él y las partículas más afiladas de una
escoba de abedul, en su actual e imperfecto estado de existencia, ¿no podían
suponer también que un simple y pobre ser humano, como era yo, fuera capaz de
esos despreciables medios de contrarrestar y limitar los poderes de los
espíritus descarnados del muerto, o de cualquier otro espíritu? Diría que en
esos discursos me volvía enfático y convincente, por no decir bastante
complaciente, hasta que sin razón alguna la Chica Extraña se ponía de pronto
rígida desde los dedos de los pies hacia arriba, y miraba entre nosotros como
una estatua petrificada de la parroquia.
También Streaker, la doncella, tenía un incomodísimo atributo de la naturaleza.
Soy incapaz de decir si era de un temperamento inusualmente linfático o qué otra
cosa le sucedía, pero esta joven se convertía en una simple destilería dedicada
a la producción de las más grandes y transparentes lágrimas que he visto nunca.
Unido a estas características se daba en esas muestras lacrimosas una peculiar
tenacidad de agarre, por lo que en lugar de caer quedaban colgando de su rostro
y nariz. En esas condiciones, y sacudiendo suave y deplorablemente la cabeza, su
silencio me afectaba más de lo que lo habría hecho el admirable Crichton en una
disputa verbal por una bolsa de dinero. También la cocinera me cubría siempre de
confusión, como si me colocara un vestido, terminando la sesión con la protesta
de que el río Ouse la estaba desgastando y repitiendo dócilmente sus últimos
deseos con respecto al reloj de plata.
Por lo que respecta a nuestra vida nocturna, estaba entre nosotros el contagio
de la sospecha y el miedo, y no existe tal contagio bajo el cielo. ¿La mujer
encapuchada? De acuerdo con los relatos estábamos en un verdadero convento de
mujeres encapuchadas. ¿Ruidos? Con ese contagio abajo, yo mismo me quedaba
sentado en el triste salón escuchando, hasta haber oído tantos y tan extraños
ruidos que hubieran congelado mi sangre de no ser porque yo mismo la calentaba
saliendo a hacer descubrimientos. Pruebe el lector a hacerlo en la cama en la
quietud de la noche; pruébelo cómodamente frente a su chimenea, en la vida de la

Página 11 de 31
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: