Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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La señora llevaba una niña de la mano. Tom había estado intranquilo y lleno de angustias y aflicciones, y aun de remordimientos; no podía cruzar su mirada con la de Amy Lawrence ni soportar las que ésta le dirigía. Pero cuando vio a la niña recién llegada el alma se le inundó de dicha. Un instante después estaba «presumiendo» a toda máquina: puñadas a los otros chicos, tirones de pelos, contorsiones con la cara, en una palabra: empleando todas las artes de seducción que pudieran fascinar a la niña y conseguir su aplauso. Su loca alegría no tenía más que una mácula: el recuerdo de su humillación en el jardín del ser angélico, y ese recuerdo, escrito en la arena, iba siendo barrido rápidamente por las oleadas de felicidad que en aquel instante pasaban sobre él. Se dio a los visitantes el más encumbrado asiento de honor, y tan pronto como mister Walters terminó su discurso los presentó a la escuela. El caballero del pelo gris resultó ser un prodigioso personaje, nada menos que el juez del condado; sin duda el ser más augusto en que los niños habían puesto nunca sus ojos. Y pensaban de qué sustancia estaría formado, y hubieran deseado oírle rugir y hasta tenían un poco de miedo de que lo hiciera. Había venido desde Constantinopla, a doce millas de distancia, y, por consiguiente, había viajado y había visto mundo; aquellos mismos ojos habían contemplado la Casa de Justicia del condado, de la que se decía que tenía el techo de cinc. El temeroso pasmo que inspiraban estas reflexiones se atestiguaba por el solemne silencio y por las filas de ojos abiertos en redondo. Aquél era el gran juez Thatcher, hermano del abogado de la localidad. Jeff Thatcher se adelantó en seguida para mostrarse familiar con el gran hombre y excitar la envidia de la escuela. Música celestial hubiera sido para sus oídos escuchar los comentarios.
-¡Mírale, Jim! Se va arriba con ellos. ¡Mira, mira!, va a darle la mano. ¡Ya se la da! ¡Lo que darías tú por ser Jeff?
Mister Walters se puso «a presumir» con toda suerte de bullicios y actividades oficialescas, dando órdenes, emitiendo juicios y disparando instrucciones aquí y allá y hacia todas partes donde podía encontrar un blanco. El bibliotecario «presumió» corriendo de acá para allá con brazadas de libros, y con toda la baraúnda y aspavientos en que se deleita la autoridadinsecto.

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