La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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Lo que me maravillaba era que un niño pequeño pudiera demostrar tanta consideración por una edad, sexo e inteligencia inferiores a los suyos. Era una pareja extraordinariamente unida, y diciendo que nunca pelearon ni se quejaron el uno del otro, puedo hacer un elogio preciso de la dulzura de sus relaciones. A veces, cuando caíamos en algún trabajo rutinario, podía observar trazas de un sutil entendimiento entre ambos, de manera que uno me distrajese mientras el otro se deslizaba fuera de la habitación. Hay algo de naïf me imagino, en toda labor diplomática; pero mis alumnos la ejercían a mi costa con un mínimo de grosería. Fue en otro sector donde, después de una apacible pausa, se produjo un estallido de grosería.
   Advierto mis vacilaciones para seguir adelante, pero estoy decidida a sumergirme en estas aguas. Al mirar hacia atrás, debo hacer hincapié en que no sólo hubo para mí sufrimientos en Bly; pero, aunque así hubiera sido, debía proseguir mi camino hasta el fin. De pronto se inició una época en que, vista desde el presente, parecería no haber sino puro sufrimiento. Pero había llegado por fin al corazón de la historia, y el mejor camino, sin duda alguna, era avanzar. Una noche, sin que nada me hubiera preparado para ello, sentí la misma extraña impresión que había experimentado la noche de mi llegada, entonces mucho más ligera que ahora, y que seguramente se hubiera borrado de mi memoria si mi estancia en Bly hubiese sido menos agitada. No me había acostado aún y estaba sentada leyendo a la luz de dos velas. Había en Bly una habitación llena de libros antiguos, novelas del siglo pasado, algunas de las cuales conocía de oídas, aunque ninguna había logrado penetrar en el recluido mundo donde transcurrió mi juventud y saciado la sed que me consumía. Recuerdo que el libro que tenía en la mano era Amelia, de Henry Fielding, y también que estaba completamente despierta. Recuerdo además que tenía la firme convicción de que era horriblemente tarde, a pesar de que sentía una particular resistencia a consultar mi reloj. Estaba segura también de que, tras la blanca cortina de tul a la moda de aquella época, la pequeña cabeza de Flora conocía, como había podido comprobar un rato atrás, la tranquilidad del sueño infantil.

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