Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Fue la única ocasión en que no anduvieron concordes; en las demás nunca discreparon alterando su fiel amistad. En tanto que los generosos mancebos. luchan en aquel certamen de abnegación, ella traza breves pa­labras dirigidas a su hermano; ella daba órdenes para el mismo, y aquel que las recibía, admira los azares de los hombres, era su propio hermano. Sin demora quitan del templo la estatua de Diana y secreta-mente huyen en su nave por la inmensa llanura. Aunque han transcurrido tantos años, la desintere­sada amistad de aquellos jóvenes todavía se recuerda con admiración en Escitia.
Cuando acabó de contar este suceso de todos conocido, todos aplaudieron el proceder y noble fi­delidad de los mismos; y es que aun en estas playas, las más feroces del mundo, el nombre de la amistad exalta los bárbaros corazones. ¿Qué no debéis ha­cerlos que nacisteis en la capital de Ausonia, cuando tales hechos conmueven a los crueles Getas? Ade­más, tu propensión se inclina siempre a los senti­mientos tiernos, y en tu carácter se revela tu alta prosapia, que no desmentirá Voleso, tu antepasado por la línea paterna, ni Nenna, de quien desciendes por la parte de madre, que aplaudirían ver unido el de Cota a sus ilustres nombres, pues sin tu enlace hubiese perecido tan noble casa. Digno heredero de tus insignes abuelos, piensa que el socorrer al amigo desvalido cuadra perfectamente a las virtudes de tu familia.
III

A FABIO MÁXIMO
Máximo, astro brillante de la casa de los Fabios, óyeme ahora, si concedes un momento de atención a tu desterrado amigo, y te relataré lo que vi, ya fue­se una sombra vana, ya un ser real, ya la imagen de un sueño. Era de noche, y la luna penetraba por los batientes de mis ventanas, tan espléndida corno suele brillar a mediados de mes. El sueño, general descanso de las cuitas, se había apoderado de mí, y mis miembros se extendían lánguidamente sobre el lecho, cuando de súbito el aire resuena agitado por unas alas, y golpea la ventana produciendo un leve gemido. Me levanto asustado, apoyo el cuerpo so­bre el brazo izquierdo, y el sueño huyó por el sobre­salto que me embargaba.

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