Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Estoy ya próximo al ocaso. Si sigo esperando, no tendré ya en mi tardía deliberación el uso de todas mis fuerzas; mis facultades intelectuales habrán perdido para entonces su actividad, haré peor lo que hoy puedo hacer lo mejor posible: aprovechemos este momento favorable, si es la época de mi reforma externa y material, que también lo sea de mi reforma intelectual y moral. Fijemos de una vez por todas mis opiniones, mis principios, y seamos para el resto de mi vida lo que habría contemplado que debía ser después de haberlo pensado bien.
Librodo

Ejecuté este proyecto lentamente y en diversas oportunidades, pero con todo el esfuerzo y todo el cuidado de que era capaz. Sentía vivamente que el descanso del resto de mis días y mi suerte total dependían de él: al principio me encontré en un laberinto tal de trabas, dificultades, objeciones, tortuosidades y tinieblas que, tentado cien veces de abandonarlo todo, cerca estuve, renunciando a vanas búsquedas, de atenerme en mis deliberaciones a las reglas de la prudencia común sin buscar más en unos principios que tanto trabajo me costaba elucidar. Pero incluso esta prudencia me era tan extraña, me sentía tan impropio para adquirirla, que tomarla por guía no era sino querer buscar sin timón, sin brújula, a través de los mares y las tormentas, un fanal casi inaccesible y que no me indicaba puerto alguno. Persistí: por primera vez en mi vida tuve valor, y a su concurso debo el haber podido sostener el horrible destino que desde entonces comenzaba a envolverme sin que tuviera la menor sospecha. ´Iras las más ardientes y más sinceras búsquedas que quizás jamás hayan sido hechas por mortal alguno, me decidí de por vida sobre todos los sentimientos que me importaba tener, y si he podido engañarme en mis resultados, estoy seguro al menos de que mi error no puede serme imputado como crimen, pues he hecho todos los esfuerzos para preservarme de ello. En verdad no dudo de que los prejuicios de la puericia y los votos secretos de mi corazón no hayan hecho inclinar la balanza del lado más consolador para mí. Difícilmente se prohíbe uno creer en lo que con tanto ardor desea, y ¿quién puede dudar de que el interés de admitir o rechazar los juicios de la otra vida no determina la fe de la mayoría de los hombres en su esperanza o en su temor? Convengo que todo aquello pudiera fascinar mi juicio, mas no alterar mi buena fe, pues temía engañarme en cualquier cosa.

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